Llevaba varios
meses de no entrar a una iglesia, de esas en las que el silencio adornaba el
altar, las flores perfumaban el lugar, y todos en marcha para realizar las
actividades de la mañana. La lectura bíblica era el inicio del día de
adoración, luego un canto de cinco himnos elegidos por la directora de canto;
el repaso de la lección, la cual poca gente estudiaba y al final no era un
repaso; y por último el culto divino, donde elegían a ciertas personas con
dones para desarrollar los cinco papeles más importantes en plataforma.
Era rutina saber el
siguiente acto, trabajé con jóvenes que jamás leían la lección, siempre me
encargaba de realizar una clase creativa, en la que pudieran hablar sobre tabúes
dentro de la religión. A veces era dura con las preguntas, pero ellos nunca
guardaban silencio. El cansancio se volvió más grande, me volví irregular,
hasta que un día dejé de asistir. Luego de los acontecimientos que había estado
viviendo, no me pareció un buen refugio ese lugar.
Dejé de hablar con
Dios…
Cuando volví, me
sentí más extraña de lo que ya sentía. Todos sonrientes y preguntando sobre mi
bienestar, queriendo involucrarme en la mayoría de las actividades. Me sentí
indiferente… Siempre he creído en Dios, un ser omnipotente que está entre
todos, y que es la única respuesta a cosas que simplemente la ciencia no puede
explicar. Sin embargo, esa creencia no me bastaba, solo era parte del “En algo
hay que creer”. La fe ya no era la misma, los sermones me parecieron absurdos,
y aunque creía en un infierno y un cielo, eso se volvió pura lectura de
fantasía para mí. Ni el canto me hizo sentir en tranquilidad dentro de ese
lugar. Observé a todos, y miraba cada uno de sus pecados, sus almas estaban
atadas a la codicia, la envidia y lujuria. Buscaban la perfección, y creían
tenerla ¡Qué ingenuos! ... Al final todos necesitan creer en algo, y eso era
entendible.
Me encargaron guiar
la ceremonia con los cantos elegidos por el predicador para el inicio del sermón.
No había olvidado el protocolo, ni la música, ni la letra. Había partes en
acapella, y a pesar del tiempo de ausencia, aún sabía entonar las notas. Pero
aun así, mi mente estaba fría, y mi corazón insensible… Ya no era parte de ese
lugar, aunque en realidad, nunca lo fui.
Al terminar todo,
me marché sin despedirme.
-Hablando sola.