viernes, 17 de enero de 2020

Espíritu muerto.


Llevaba varios meses de no entrar a una iglesia, de esas en las que el silencio adornaba el altar, las flores perfumaban el lugar, y todos en marcha para realizar las actividades de la mañana. La lectura bíblica era el inicio del día de adoración, luego un canto de cinco himnos elegidos por la directora de canto; el repaso de la lección, la cual poca gente estudiaba y al final no era un repaso; y por último el culto divino, donde elegían a ciertas personas con dones para desarrollar los cinco papeles más importantes en plataforma.

Era rutina saber el siguiente acto, trabajé con jóvenes que jamás leían la lección, siempre me encargaba de realizar una clase creativa, en la que pudieran hablar sobre tabúes dentro de la religión. A veces era dura con las preguntas, pero ellos nunca guardaban silencio. El cansancio se volvió más grande, me volví irregular, hasta que un día dejé de asistir. Luego de los acontecimientos que había estado viviendo, no me pareció un buen refugio ese lugar.

Dejé de hablar con Dios…

Cuando volví, me sentí más extraña de lo que ya sentía. Todos sonrientes y preguntando sobre mi bienestar, queriendo involucrarme en la mayoría de las actividades. Me sentí indiferente… Siempre he creído en Dios, un ser omnipotente que está entre todos, y que es la única respuesta a cosas que simplemente la ciencia no puede explicar. Sin embargo, esa creencia no me bastaba, solo era parte del “En algo hay que creer”. La fe ya no era la misma, los sermones me parecieron absurdos, y aunque creía en un infierno y un cielo, eso se volvió pura lectura de fantasía para mí. Ni el canto me hizo sentir en tranquilidad dentro de ese lugar. Observé a todos, y miraba cada uno de sus pecados, sus almas estaban atadas a la codicia, la envidia y lujuria. Buscaban la perfección, y creían tenerla ¡Qué ingenuos! ... Al final todos necesitan creer en algo, y eso era entendible.

Me encargaron guiar la ceremonia con los cantos elegidos por el predicador para el inicio del sermón. No había olvidado el protocolo, ni la música, ni la letra. Había partes en acapella, y a pesar del tiempo de ausencia, aún sabía entonar las notas. Pero aun así, mi mente estaba fría, y mi corazón insensible… Ya no era parte de ese lugar, aunque en realidad, nunca lo fui.

Al terminar todo, me marché sin despedirme.


-Hablando sola.