sábado, 10 de octubre de 2020

Viejos desconocidos

“Han pasado ocho largos años desde que dejé el colegio. Recuerdo el último año, mientras yo esperaba entrar a la universidad, tú estabas a medias con el curso, a pesar de haber comenzado el colegio juntos, terminé por salir un año antes que tú. Los recuerdos aún estaban intactos.

Unos años después, te encontré en el supermercado, con tu camisa de botones negra y una blanca en su interior, mangas recogidas y pantalones azules. Siempre tuviste una forma peculiar de vestirte, a veces tan común y otras no tanto. Te gustaban las corbatas pero solo las utilizabas en la iglesia, tan fiel a una creencia que no tenía base, nunca discutí contigo sobre religión, pero sí sobre ciencia, un poco de política y economía. Eras tan severo con tus principios, y aun así acabaste rompiendo cada uno de ellos. Te aprendí a conocer tan bien, que incluso logré distinguir tu sarcasmo tan penetrado en tu actitud y cuando eras al natural, tan real y sensible. Te conocí en tu fragilidad y en tu fuerza, nadie te había puesto más atención que yo. No hablamos demasiado, quince minutos bastaron para ponernos al día, intercambiando números, no volví a verte en un buen tiempo, y tampoco nos escribimos.

Fielmente esperaba tu fecha de cumpleaños, cada siete de junio enviaba un mensaje de felicitación, año tras año, no obtenía respuesta alguna, aunque al final eso nunca me importó. Los días de colegio se mantuvieron un buen tiempo dentro de mi mente, hasta que al final las guardé en mis memorias, en aquel rincón donde dejo todo lo que alguna vez valió la pena. No tengo ninguna carta tuya, nunca escribiste para mí, mucho menos fotografías, la única que tuvimos se perdió en un festival del día de la independencia. Con el pasar del tiempo, pese a no tener respuesta, seguí enviando felicitaciones... ¿Acaso es el momento de dejarte ir?.

Te encontraba en algunos de mis viajes a casa, me mirabas con cautela y en silencio, cinco segundos después tu mirada cambiaba de dirección, ya no reconocías a tu vieja amiga, tu antigua confidente. Te volviste más distante y el tiempo nos hizo cortar comunicación. ¿Alguna vez me extrañaste?.

Los años volvieron a pasar y se volvieron cuatro… Nos encontramos en un centro comercial, nuestras miradas se cruzaron y nos logramos identificar, parece que tomaste el valor de darme unas palabras, pues fue la conversación más larga de todos estos años, treinta y cuatro minutos exactos y relatamos nuestra vida completa. No cambiaste nada, seguías siendo el joven colegial que conocí a mis catorce años, el mismo corte y forma de vestir. Tus grandes ojos negros aún tenían esa energía, y aunque dijiste estar agotado, te vi con la misma aura de aquellos años. Nuestras vidas cambiaron como era de esperarse. Sentaste cabeza y eres un padre de familia, tienes al hijo que siempre quisiste, recuerdo que anhelabas ser un padre, de esos que nunca abandonarían a un hijo como lo hizo el tuyo. Volvimos a cambiar números, y nuevamente no he vuelto a saber nada de ti… la costumbre del destino de perder a dos viejos desconocidos en la rueda de la fortuna llamada vida. 

Cada siete de junio busco la forma de felicitarte, apareces y desapareces, vas y vienes en mi vida. A veces creo que es inútil tratar de mantenerte vivo en mis recuerdos, y en otras ocasiones lo creo necesario. Los años van pasando y ya no soy la misma chica de 14 años que estaba embobada de ti, pero sigo siendo la misma que cada que pudiera te escucharía por horas hablar de la vida. No tengo resentimientos, no tendría porqué tenerlos, sin embargo, me hubiese gustado escuchar si alguna vez me quisiste, si no hubiese sido tan introvertida en esos días ¿me habrías correspondido?... Supongo que no tiene sentido seguir con esto, es momento de dejarte, de olvidarte... de quererte."


-Cartas de una doncella.-


lunes, 5 de octubre de 2020

Las Cartas de Naima - IV

 

“Los meses han pasado y no he vuelto a recibir una carta tuya, ni una flor, ni una esperanza de tu regreso. Hace ya muchas noches que dejaste de visitarme, de acompañarme con tu calidez y una buena taza de café, entre cuentos de buenas noches y reflexiones de las dos de la mañana ¿Qué ha sido de ti?

La librera tiene espacios vacíos, faltan tus historias de guerras, religión y política, tan bien que se te daba el debate y el diálogo de tales temas. El polvo decora la soledad de los estantes y mis libros se sienten olvidados ¿Dónde estás?

La luna pregunta tu paradero,  se me acaban las excusas. Cada noche deslumbra de gala con las estrellas para darte una sorpresa, se decepcionan cuando encuentran tu ausencia a la cita ya predispuesta. A mi me hacen a un lado, dicen que no te cuidé muy bien, que te dejé en el olvido y por eso te has marchado ¿Qué saben ellas de lo que he hecho por ti?

He encontrado tus fotografías y aunque no sean muchas, están guardadas en un cajón de madera, tu imagen se ha ido borrando poco a poco, tu firma al reverso y la fecha se están desvaneciendo. No está quedando registro ni de tu rostro. Tus cartas pierden su tinta, las letras se están muriendo, sienten la falta de su creador. Ya no tiene sentido leerlas, me carcome el corazón, y entran ganas de vomitar. ¿Por qué no estás?

Hace varias semanas dejé de buscarte, asumí mi perdida y he estado sumida en la soledad de mi habitación. En la penumbra de la noche, camino por los corredores tratando de encontrarte en alguna habitación de esta gran casa, quizá juegas a las escondidas y quieres asustarme, te gustan las bromas pesadas y sabes que aunque llore de un susto, puedo soportar cualquier cosa. ¿Por qué ya no juegas conmigo?

He visitado tu vieja casa, ha estado sola por mucho tiempo, riego las plantas y ordeno el correo; hace varias semanas se han llevado a tu perro, el pobre te esperó por mucho tiempo que la falta de alimentación y agua lo estaban matando, perdóname por no cuidarlo por ti, pero antes de tomarlo a mi cuidado, alguien más lo había hecho. Tu habitación está tan fría como siempre, con tu perfume intacto y tus viejos escritos a un lado del escritorio. ¿Volverás?

Las mañanas de octubre susurran tu nombre a través del viento y la oscuridad busca tu silueta por cada callejón. Cada día salgo en busca de alimento a mi esperanza, pero recuerdo que no volverás, que tu recuerdo se está yendo, y que tu alma se despide con un beso en cada sueño… Duermes eternamente en aquella caja de madera que hice especialmente para ti, enterrado en un viejo parque al que nadie visita."

martes, 15 de septiembre de 2020

Las cartas de Naima – III


“Entre viejas cartas mis recuerdos estaba guardando. Te busqué en mi pasado y vagamente tu apellido he recordado, tu rostro se hace borroso, pero aún en mis sueños puedo reconocer tu silueta. ¿Dónde estás, y por qué te estoy olvidando? ¿Será que la soledad está consumiendo lo único que quiero recordar?... Es cierto, hace mucho que te marchaste.

Hace unas semanas en mis sueños te ví corriendo, sabía que me buscabas y en pequeños espacios te detenías a observar el panorama, al no encontrar nada y seguiste tu camino. Bajo la luz de un faro, mi figura te estaba esperando, sin poder mover mi cuerpo, tu nombre estuve gritando. Te perdiste en la oscuridad y el ruido de tus pasos se fue desvaneciendo.

Poco a poco esos sueños fueron cambiando, sin embargo, tu presencia sigue aquí, el olor a tu perfume está impregnado en mi habitación. Las flores que alguna vez me obsequiaste están en un libro, secas y sin perder su aroma. Tengo cada regalo, hasta unas hojas del parque en donde solíamos caminar por las tardes. Que buena época tuvimos juntos.

Encontré a tu viejo amor de primavera, está muy cambiada, tiene el cabello largo y teñido de color miel. Esos ojos que adorabas aún tienen su encanto. Al parecer no tiene a nadie, creo que tampoco logra olvidarte. También ella te ha escrito y tuve el cinismo de leer las letras que ella con tanto cariño escribió para ti. Es una aficionada, no tiene la delicadeza para trazarte en el arte de la escritura, no se detiene a leer lo que sus manos y el poco potencial de escribir han hecho; lanza sus ideas y se trasforma en un cliché. Sé que no te gusta que sea muy crítica con ella, pero ¿Qué esperabas? Me pidió una opinión, fui tan sensata que rompí sus cartas. Quiere ir a buscarte, iba por el camino equivocado, le di una pequeña ayuda para que veas todo el amor que aún te tengo que dejo que ella se encuentre contigo.

El guardia del cementerio me aseguró que ambos cuerpos pueden estar juntos, llevé unas flores para adornar el momento. Tienen tanto en común, que al igual que tú, Adeline también me dedicó su último suspiro.”

 

viernes, 4 de septiembre de 2020

“Mutatio”

Hace un  tiempo que no escribo sobre mí. Sobre los últimos acontecimientos que me han llevado hacia la libertad. Sobre aquellos sensaciones inexplicables de paz y tranquilidad.

Hace unas semanas que abandoné mi vieja rutina para comenzar una nueva, y esta vez ya no estoy sola. Mis padres teniendo meses sin hablar entre ellos, aún con la noticia no se dirigieron la palabra. Mi papá con toda la serenidad que le envestía, su mirada de profunda tristeza lo delataba, pues una de sus hijas se marchaba; Mi madre en absoluta negación, creyó que solo era una formalidad, que tomaría su tiempo para accionar. Su razonamiento equivoco la llevó a un colapso emocional, pues su mano derecha, su pájaro enjaulado se iba a liberar… y así fue, en poco tiempo  me desplacé de lugar.

Los días han avanzado y el olor a café por las mañanas se ha hecho presente y aunque no beba ni un sorbo, sirvo el café en una taza blanca todos los días alrededor de las 6:30 y 7:00 de la mañana; excepto los domingos, esos días dejamos caer nuestros cuerpos con profundo descanso de una semana llena de tareas, trabajo y quehaceres. Tomando un desayuno a las 12:00 del mediodía.

Cambié de casa pero no de hogar, mi hogar siempre ha estado en él. Tener un compañero de vida es completamente nuevo, un verdadero cambio. Pasar de despertar sola en la frialdad de mi cama a despertar en unos brazos cálidos que durante la madrugada se aferran a mi cuerpo como protegiéndome de algo, y ¿saben? Es algo realmente tierno.

La rutina ya no era de una persona, se ha vuelto de dos. Ya no desayuno sola, los almuerzos se han vuelto más pasables y ya puedo cenar con tranquilidad. Nuestra hija canina es más juguetona y aunque no la deje subirse a la cama, siempre llega a despertarme por las mañanas.

Durante sus días más cansados, cae dormido en poco tiempo y me agrada observarle, saber que  a mi lado puede recuperar un poquito de energía. Se mira tranquilo, y muy dulce cuando duerme. En algunas ocasiones ha perdido la noción del tiempo creyendo que es el día siguiente, o durante la madrugada se levanta pensando que ya es tarde; su vida es muy pesada y aunque tenga sus ocupaciones ahí estoy a su lado, tratando de comprender cómo logra manejar tantas cosas a la vez. Francamente le admiro mucho.

A veces soy demasiado intensa con mis emociones, a veces muy sensible y otras veces demasiado enérgica; teniendo mis episodios de crisis, y aún con todo su cansancio, se sienta a mi lado para abrazarme. Nos quedamos en silencio o conversamos sobre todo y nada, siempre dice que la base de una buena relación es la comunicación, y tiene mucha razón.

Estamos a pocas semanas de cumplir cinco años, y aunque se complicó el año pasado, aquí estamos, saliendo a flote porque cada uno sabe que esto vale la pena. Estando bajo un mismo techo no será sencillo darle sorpresas como antes, pero alguna cosa se me podrá ocurrir. Él es alguien que merece toda la felicidad, merece ser tan feliz tal y como yo lo soy a su lado. Sintiéndome completa, ya no somos dos, somos uno solo.

Dejé de hablar sola.

 

 

 “Quiero que seas lo primero que vea en las mañanas y lo último que mire cada noche” – Víctor Ventura.


miércoles, 19 de agosto de 2020

Las cartas de Naima - II

 

“Dicen que las pesadillas son la muestra de nuestros temores más íntimos, y que los sueños el reflejo de nuestros deseos más oscuros. Algunas noches mis pensamientos recreaban pesadillas, querían despertar aquel insomnio que me acompañaba en cada episodio de mi vida. Sin razón de estar, se encontraba siempre a la espera de mi compañía.

La habitación estaba iluminada, un aroma a flores perfumaba el lugar y tu presencia estaba ahí sin faltar. Las paredes pintadas de blanco parecían un lienzo que esperaban ser teñidas de arte. El reloj marcaba las cinco de la tarde, hora en la que ayer podía sentir que estabas a mi lado. El tiempo estaba congelado y parecía que un día había pasado; sin embargo, ya hace dos años que tu cuerpo estaba enterrado. Boni aún te busca, cree que juegas a las escondidas; en las mañanas corre por el jardín esperando que salgas por ella para alimentarle, durante las tardes se la pasa frente a la puerta moviendo su cola, esperando tu llegada para jugar a la pelota, y en las noches me acompaña al pie de la cama, tratando de estar a mi lado cuando en medio de la penumbra de la noche despierto a gritos mencionando tu nombre, las pesadillas de tu muerte aún me persiguen. 

Pero anoche, el sueño fue distinto, no eran las pesadillas que acuchilladas despezaban mi cuerpo y al amanecer una frustración invadía mi mente más el cansancio del poco descanso que obtenía. Anoche soñé que escribías un poema para mí,  que entre tus versos me fuiste dibujando. El poema escrito en papel añejo, sobre el sobre tenía un sello de lacre marcando una rosa y tu inicial a un lado. Tus anécdotas contaban nuestra historia, mi silueta estaba en tus letras y cada palabra era un camino a un mar de emociones que estaban ansiosas de desbordarse en lágrimas. Esos relatos que eran solo nuestros, que compartías conmigo durante las noches antes de caer dormidos, esos relatos que a lo lejos solían traer una melodía incluida en la historia. Te sentí más cerca que nunca y un beso que se posó en mis labios, pude sentir tu calidez y la ternura que te caracterizaban cuando me contemplabas en la oscuridad de nuestra habitación.

Sin embargo, desperté a mitad de la noche, y el  poema no estaba en mis manos. Una tormenta visitaba la ciudad, entre relámpagos, pequeñas luces que entraban por la ventana interrumpieron mi descanso. Me pareció realmente tenerte a mi lado, pero una noche más estoy sola en mi cuarto.

He perdido al único ser que con admiración adoraba mis brutales virtudes y defectos, mis gustos extravagantes y el humor bizarro que me mantenía de buenos ánimos. Pero eras muy curioso, y esa noche en el sótano tu curiosidad te llevó a la muerte en mis brazos.  No olvidaré tu última mirada, el último suspiro, y tus últimas palabras  – Enferma. – Así te gustaba llamarme, porque no toleraste que en mis contenedores estuviera una parte de mis amores. De todo lo soñado que eras tenías el defecto de arruinar las sorpresas, pues esa noche encontraste tu contenedor, uno en especial con tu nombre tallado en el metal, pues ahí tendría lo que más me encantaba de ti… el cerebro que era mi cuenta cuentos, el poeta ideal.

La noche está cayendo y el perfume de las flores se está desvaneciendo, muy pronto llegará mi nuevo elemento, un amor de esos que conoces como sacados de un cuento. Boni corre por toda la casa, está contenta con el nuevo compañero de juegos; espero este no sea tan curioso porque le espera el fuego."




- Hablando sola.

viernes, 10 de julio de 2020

Las cartas de Naima - I



"Era una noche de julio en la que me vestí de júbilo para subir aquellos ánimos arrastrados por la vida; dónde juré consumirme en el fuego de mis pecados y volver a nacer como el ave del fénix.

La tormenta nos visitó, el viento azotaba las ventanas, el agua corría por cada gotera de los tejados de la casa y los  relámpagos iluminaban por un segundo la estancia. Bajo la lluvia escuchaba voces, gritos de algunas mujeres que ahogaban sus angustias durante esta época de año, gritos que sumaban los míos.

Bajo la penumbra de la noche, mi habitación estaba desolada, el frío envolvió mi cuerpo y aunque mis vestiduras eran cálidas, no lograba sentir el calor que necesitaba. Me miré al espejo y observaba como lentamente se deformaba mi imagen, la falta de sueño me estaba consumiendo, comenzaba a tener alucinaciones.

La tristeza estaba acabando conmigo, miles de escenas imaginé en la pared de mi cuarto, dibujaba con tinta roja las dolencias que alimentaban aquellos secretos que por años estaba cargando. El silencio era un arma poderosa, me estaba taladrando desde adentro.

Al caer al suelo, con ganas de descansar un rato, de recuperar energías y sentirme viva como el verano pasado, escuché el ruido de la puerta; era mi hermano, había regresado. Con poca gana bajé con cuidado para no causar molestias a los inquilinos, la noche era fría y cada quien estaba en su propio calor de las sabanas.  Bajé a la estancia y ahí estaba Sebastián. Tan cansado por la jornada, supuse que tenía hambre y de una vez fui a la cocina, le preparé unas tostadas y un poco de café, era demasiado tarde para darle algo más pesado. Le llamé, pero no respondió. Le busqué por la casa, y estaba sola. No había nadie en las habitaciones, ni siquiera estaba el rastro del perro que siempre andaba detrás de Lilia.

La lluvia danzaba con furia y dolor, no descansaría hasta arrasar con todo. Me sentí sola. Con extrañeza caminé por el corredor de la casa, llamando a quien pudiera… Nadie respondió. Un olor a ropa quemada surgió de mi habitación, corrí a ver sucedía y mi cuarto estaba en llamas, corrí y grité por ayuda pero nadie estaba. Poco a poco una cobija de fuego estaba envolviendo la casa y en cada habitación estaba un cuerpo consumiéndose en el calor del fuego. Intenté rescatar lo que pude, pero rápidamente todo se volvió escombros.  

Vestida de flores, el único color vivo en mí. Salí de la casa, y observaba con terror como ni la lluvia podía hacer nada por apagar el incendio. Grité con odio y sin comprender nada, la naturaleza no me estaba ayudando. Todo era cenizas. Un espectro salió por la puerta, me miró a los ojos y acarició mi rostro, era Sebastián. Caí en sus brazos sin entender lo que estaba sucediendo. Escuché su risa y al levantar la mirada desconocí a mi hermano, sus ojos brillaban por tal espectáculo. Luego su mirada se posó nuevamente en mí y con una voz suave articuló “Tú pedías renacer”

La lluvia dejó de caer y las nubes liberaron a la luna, iluminó la pesadilla que acababa de suceder. Sebastián no estaba y al mirar la casa todo estaba intacto. Me quedé perpleja ¿Era solo un sueño?

Entré a la casa y varios desconocidos se encontraban en la estancia. Preguntaba por lo sucedido y nadie me correspondía, escuché a unos hombres decir que un pequeño incendio había consumido una de las habitaciones, no era un sueño entonces. Subí las escaleras y encontré a Lilia, ignorando mi voz, lloraba como si el perro se hubiera muerto. Fui a las habitaciones para ver cual se había pulverizado, y la mía fue la sorteada. Entré en ella y Sebastián tenía a una niña en sus brazos, lloraba con desesperación, siempre dije que la actuación era su vocación. Todo era carbón, el fuego había casi destrozado el cuerpo de la doncella, con sus vestiduras quemadas y aún con su piel parcialmente negra se podía reconocer, quedé petrificada cuando al acercarme, mis pasos se congelaron al observar que era yo quien estaba en los brazos de Sebastián.

Quise renacer como el ave del fénix, pero olvidé que yo no era parte de la mitología griega y creo que Sebastián también omitió ese detalle."






jueves, 18 de junio de 2020

Pequeñas sombras


La lluvia de junio jugaba entre las calles de la ciudad, subiendo a los tejados a bailar una danza espectacular, las luces de los relámpagos iluminaban todo el lugar. La luna como fiel compañera, estaba a la ventana, esperando mi compañía, para contarle las pequeñas anécdotas de mi vida…

Los veinticinco años de mí hermana no estaban marcados en su cuerpo ni en su mente, parecía una niña de siete años, quien en cada cumpleaños pedía un pastel de helado; era la pequeña de la casa aun siendo la hermana mayor, sin querer le había quitado el título y le otorgué el de la hermana menor.  Era la niña que dibujaba garabatos, que al final de la tarde se convertía en una obra de arte. Todas las paredes eran su lienzo. Le teme a las tormentas, junio no es su mes favorito, las lluvias comienzan y los truenos le causan nervios, detesta los días lluviosos porque no puede jugar tranquila, porque pasa sus días entre historietas, dibujos, y viejos video juegos de los años noventa.

Nuestros padres saben que no nos criaron igual, aunque tengamos una mínima diferencia de un año de edad, el trato fue diferente. Ella tan inocente, tan tierna y tan infantil; y yo tan amargada, suelta, y con carácter, vivía el estrés del hogar que ambas debimos compartir… Quizá suene egoísta, pero merecía llevar la carga con alguien.

Durante los años del colegio siempre me sentí sola, y cuando creía que alguien estaba para escuchar los dolores que tenía, me equivocaba en muchas ocasiones. En mi soledad aprendí a herirme y torturarme constantemente, y los demás colaboraban ese avance. Tuve traumas como cualquier adolescente, y que al final cobraron muy bien su factura. ¿Y mi hermana? Nunca la dejé caer, nunca permití que sufriera un poco, ni que se sintiera sola en casa… Cuando se quedaba sin dinero por comprar juguetes inútiles, le entregaba todo para que pudiera comer, así fueron nuestros años de colegio, ella nunca supo de los pequeños sacrificios, los cuales al final no merecían tal título.

Quería tenerle fe, pero su poca importancia por ser independiente era poca, y su bajo rendimiento académico no le permitía desenvolverse correctamente; buscando su vocación ideal, había recorrido tres carreras sin terminar. Sabía que su final era estar a los pies de mamá. Mi padre le miraba con decepción, pero no dejaba de ser su pequeña. A pesar de las fallas, ella era a la que se debían cuidar.

Los recuerdos a nuestras tardes de juego eran encantadoras, hasta que yo dejé las muñecas y me envolví de un humor extraño y bizarro, del cual con pocos podía compartir. Cuando me dí cuenta que podía perturbar a las personas consideraba el hecho de guardar esos gustos cómicos en un cajón, siempre fui educada y preguntaba antes para no causar incomodidad, una negativa me bastaba para no mostrar más.

La historia no ha cambiado con el paso de los años, ella con veinticinco años seguía siendo la “menor” y yo llegando a los veinticuatro años seguía cumpliendo un papel de hermana mayor. A la fecha mis logros nunca han sido celebrados, no quieren que mi hermana sienta mal. Y cuando ella tiene un pequeño éxito celebran sin cesar.

Mañana es 19 de junio, mi hermana quiere un pastel de helado. No, no es su cumpleaños, es el mío.



-          - Hablando sola

domingo, 10 de mayo de 2020

Noches de cuentos.


En una noche fría, la luna buscaba a quien arrullar, escuchó voces en una casa de madera, fuera de la ciudad y alejada de la comunicación humana. Una casa perdida en un lugar oscuro. Entre sollozos, una joven está en la esquina de la habitación, su cuerpo tiembla y apenas puede emitir su voz…


“Mi madre se ha ido, no se encuentra en ningún lugar de la casa; nuevamente se ha marchado a sus andanzas. El perro ladra, mi padre ha llegado. Al preguntar por ella, niego con mi cabeza sobre su presencia. Molesto y sin ganas, arranca a comer sobre la mesa como un animal, la ira poco a poco le dominan más. Veintisiete años de matrimonio habían acabado, con una hija de por medio y un perro muy mal cuidado. A mi mala suerte era el retrato de mi madre, la juventud me trazaba a su semejanza. Dibujé sus curvas y su mirada coqueta. Sin embargo, mi carácter era distinto, distanciada y envuelta en historias de fantasía, era poca para el contacto social. Mi habitación era mi fuerte, lejos de todos.

Mi padre daba vueltas por el corredor, salía a la puerta a esperar a mi madre, sin conseguir mayor cosa, regresaba por los pasillos arañando las paredes y con lágrimas en los ojos… sabe perfectamente que su bella esposa está en brazos de otro. Los cuadros familiares eran lanzados al suelo, el vidrio hería sus manos, pero no sentía dolor alguno. El perro ladraba, era el único que presentía la pesadilla de esa noche.

El reloj marcaba las ocho y entre murmullos y quejas, mi padre se había dormido en el sofá. Chester dejó de ladrar y el silencio invadió cada estancia del hogar. Sumergida en los poemas de Edgar Allan Poe, esperaba al cuervo por las noches… un ave que nunca llegó. Salí de mi habitación, y mi madre aún no llegaba, sin embargo por alguna razón sabía que no volvería esta noche. Fui a su cuarto y un aroma a perfume me dio la bienvenida, sus sábanas blancas y su ropa de seda estaban intactas.

Vagué por su habitación conversando con la nada, teniendo mis viejos monólogos de una vida inventada. Vestí sus ropas y me bañé en perfume, imaginé un nuevo personaje, Adelina la desdichada. Entre risas de chistes sin sentido, las paredes disfrutaron el acto, caí en la blancura de la cama y sin darme cuenta el sueño me había visitado.”


En medio de la noche, la cabeza de la familia se había despertado. Acarició al perro, y marchó a su habitación. La luz del cuarto de su esposa estaba apagada, era señal que aún no había regresado. Abrió la puerta para dar las buenas noches a la oscuridad del recuerdo de su amada. Al observar, una silueta se dibujaba en la cama, el perfume de su esposa se había impregnado, el furor estaba regresando pero el deseo de su cuerpo se ha fusionado.


“Un hombre turbó mi sueño, en un salto de miedo lo alejo de mi cuerpo ¿Papá, qué le haces a tu pequeña? Perdido y sin razón, no hizo caso a mi voz. Con fuerza bruta era su presa, repetía el nombre de mi madre con lujuria y furor. Mis uñas rasgaron su piel, y sus manos rasgaron mis ropas… A lo lejos el perro ladraba con desesperación, su dueña estaba siendo turbada.

Entre la desesperación, la agonía y el miedo, logré soltarme; corrí por el pasillo pero logró alcanzarme, grité con desesperación, mis manos arrebataban todo lo que podían sostener, sin mucho éxito era arrastrada de nuevo a la habitación. Me lanzó a la oscuridad del cuarto, y escuché como se desvestía, con terror en mi cuerpo busqué algo con lo cual defenderme. En la mesa de noche, estaban las tijeras de costura de mamá… Mi padre se abalanzó sobre mí, las tijeras se insertaron en mi pierna y en el estómago de papá, dejé salir un  aullido.

Al sentir el metal frio en su cuerpo y la humedad de la sangre, mi padre se levantó con rapidez y dolor, golpeando contra la pared, encendió la luz, pálido y confuso observó mi cuerpo bañado en sangre y las sabanas teñidas de rojo. Se dejó caer al suelo, y en susurros se preguntaba qué había hecho... tocó su torso y observó la sangre que salía de su cuerpo… Era demasiada. Rasgué las sabanas y vendé mi herida, me senté en la esquina de la habitación, sollozando y temblando, miré a mi padre herido y quedando si fuerza, la herida fue letal… observé hasta que se tumbó en el suelo, sin aliento y sin sangre.

Una sonrisa se dibujó en mis labios, Chester dejó de ladrar, y mi madre entró a la habitación.

-       --‘Debiste llegar antes, las tijeras no fueron fáciles de encontrar, la mesa de noche no era el lugar acordado’--

Observamos el cuerpo de papá durante unos minutos, era hora de ir a descansar.”



La noche dejó de buscar, las voces dejaron se dejaron de escuchar; alguien duerme plácidamente que no es necesaria otra historia que contar.

martes, 14 de abril de 2020

Padres desconocidos


Mi padre estaba cerca de la ventana, observaba los árboles y se limitaba a sentir los rayos de sol que le alcanzaban a tocar… Le vi detenidamente y le desconocí por un segundo. Ya no mostraba el semblante de hombre fuerte que había visto durante años, era un  hombre caído y con el alma dañada que guardaba aún la esperanza de volver a ser feliz. Durante un buen tiempo le había visto tan frágil, que creí imposible su sobrevivencia, pero aquí sigue, caminando por el corredor de la casa, con sueño la mayor parte del tiempo, enojándose por el café frío de la mesa, por el pan rancio y la miel demasiado dulce.

Debido a una cuarentena decretada en el país a causa de una pandemia, el encierro no nos dejó otra opción más que aprender a convivir. Mis padres tuvieron su encuentro, queriendo “hacer las cosas bien” entablaron una errónea conversación sobre los últimos acontecimientos. Sus acuerdos eran ordinarios y no buscaban arreglar nada, solo sobrevivir al encierro de treinta días. Mi padre volvía a saborear su luz de esperanza y mi madre solo retrasaba una parte de su plan. Mi madre se pasea por el corredor, finge leer un libro, observa por la ventana pasar sus días, no espera el día para que pueda escapar, se siente amarrada, pero su hija la detiene, dice que no puede dejarle sola, que es indefensa, que le falta despertar aunque tenga veinticinco años. Sin embargo, no piensa envejecer al lado de mi padre, dice que prefiere morirse en la calle antes que estar a su lado…No le ama, pero hace algunas noches estaba con él, enredados en el deseo carnal.

Cuando  ella estaba en la cocina, le miraba atentamente, toda un ama de casa, preparando la cena, mi padre a un lado del sofá dormido, con la televisión encendida, era el clásico hombre que al que no le gustaba que le quitasen su canal de deportes, no importaba si estaba dormido, él decía escuchar la televisión. Mi mente los desconocía por varios minutos, como un par de extraños viviendo en mi casa, haciendo cosas de hogar… o quizá yo era la desconocida, que se limitaba a sentarse y esperar la cena. Algunas veces creo quererles, y otras solo les guardo respeto… unos días dicen estar orgullosos de mí, y durante las noches hablan sin filtro, su lengua sacan el veneno,  y dicen que he cambiado demasiado por considerar que me creo una maldita licenciada, que ganar unos dólares me hacen sentirme millonaria “Pobre ingenua, no sabe de la vida… pagará cada malcriadeza”. Unas veces quiero creer y en otras no siento nada, no cambian, no lo harán, ya no necesito que lo hagan.

Las tardes de abril eran cada vez más calurosas, el viento apenas adquiría un toque de frescura, el cielo pintaba de azul marino y las nubes como grandes trozos de algodón hacían el escenario ideal para que el sol se deleitara en iluminar cada rincón. Las lecturas vespertinas eran mis favoritas, buscaba mis lentes y encontrar un lugar en el cual no me derritiera del calor. Mi habitación se volvió una caja de recuerdos, entre el cumulo de papeles que estaba sacando, ordenaba mis pertenencias, leí y releí cada documento que guardaba, encontré viejas calificaciones, cuadernos, libros, fotografías y cartas; recordar es volver a vivir, y sentí que había revivido cinco años en una tarde. Durante las noches, me observaba en el espejo, y a mi lado sentí un vacío enorme, extrañaba demasiado a mi poeta; los días pasan, y cada vez se extraña más…quería que el encierro terminara.



- Hablando sola.

domingo, 5 de abril de 2020

Cielos de otro color.


"La pasantía había terminado, y dos semanas antes busqué un trabajo para no caer en el desempleo. Día tras día resonaban las palabras de Fermín Romero de Torres “El destino no es a domicilio, debes ir por él”; dejando el ministerio público el 12 de febrero, entré a una oficina jurídica que me demandaría todo lo estudiado en mis seis años de carrera. Cambié de ambiente laboral.

Durante las mañanas el viento dejó de jugar con mi cabello y el cielo dejó de ser rosa. Cambié de vestimenta, dejé las zapatillas por zapatos altos. Siempre odié los centros comerciales, y para mi mala suerte, la oficina estaba adentro de uno. Meses atrás en ese mismo centro comercial, realicé varias auditorías a establecimientos comerciales, entre ellos una tienda deportiva, ahí conocí a Ed, Crista y Jonathan, aunque este último ya tenía referencia sobre mí. Estuve con ellos un mes, mi trabajo me había encomendado auditar la emisión y entrega de documentos fiscales. Jonathan ya sabía de mi existencia, pues en esa tienda, mi pareja había trabajado ya hace un tiempo atrás y habían sido compañeros de trabajo. No me costó crear buen ambiente con ellos, pues la autoría iba durar un buen periodo. Jonathan me habló de sus dibujos, era el típico hombre que babeaba por cualquier mujer, parecía un adolescente en calentura con cada dama que se paseaba; Crista fue tímida, pero luego la risa la invadía, se divertía tanto con las tonterías que decía y los juegos que se manejaba con Jonathan, eran dos empleados que creían estar en la guardería. Ed, era el jefe de tienda, tenía la madurez necesaria para manejarla, sus años de experiencia se lo habían concedido, sin embargo, tenía la suficiente inmadurez para hacer caso a bromas sin sentido y pésimos chistes. Creé un buen lazo con ellos; Ed por ejemplo, escuchó mi historia, supo sentir lo que yo había vivido todo el año y me aseguró que todo lo que había vivido me ayudó a ser quien era y que la persona que estaba a mi lado lo sabía muy bien. Ed sin mucho esfuerzo supo distinguir que era alguien emotiva, y que mi corazón era demasiado noble, sin embargo sabía lo fuerte que podía ser. Sabía que amaba a una sola persona y que mi cambio de rostro era radical cuando aparecía esa persona, se me notaba otra luz… se me miraba feliz, y hasta la fecha afirmo que no se equivocaba. Me comentó su vida y de lo enamorado que estaba de su novia, me conmovía demasiado, sus ojos brillaban y cuando menos se daba cuenta, cuando se refería a ella hasta su sonrisa era diferente, era esa clase de caballero que se dedicaba a amar solo a una. Supongo que en ese aspecto coincidimos muy bien, ambos sabíamos el valor de querer a alguien.

Dicen que las cosas suceden por algo, la oficina en la que había entrado estaba a unos locales de la tienda deportiva. Luego de unos meses volví a saludar a mis viejos amigos, Jonathan ya no estaba, se le había trasladado a otra tienda; Crista seguía un poco tímida pero al pasar diez minutos entraba en confianza, y un nuevo empleado estaba en el lugar de Jonathan, su nombre era Antonio y aunque su apariencia era de 24 años, su edad cuadraba los 19 años. Ed decía que se alborotaba al ver o tratar de conversar con niñas, y eso era verídico, Crista y yo podíamos dar fe de ello. Pasaba mis 25 minutos de almuerzo y unos 15 minutos a la salida del trabajo en la tienda. Los tres lograban sacar un poquito el estrés que cargaba diario, les debo bastante.

El nuevo trabajo era completamente distinto a lo que realicé el año anterior, pero completamente conocido a lo que había estudiado en la Universidad. Un ambiente tétrico y apagado. Las personas que laboraban ahí doblaban su edad real, las arrugas eran causas del estrés. Hasta los papeles querrían salir volando de ahí, porque al dar las ocho en punto de la mañana la tortura comenzaba.

El cubículo de mi jefa era un clásico escritorio de madera con un cristal encima, a un lado una repisa de todas las leyes, recopilaciones de estas y libros de derecho, las de ella y las de su hijo. Otro escritorio lleno de documentación de viejos procesos judiciales, compra ventas pendientes, notificaciones de demanda, y viejos archivos de denuncia que había recibido en su contra por maltrato laboral, sin embargo sus años de experiencia le respaldaban con buenos contactos para no salir de su zona de confort. Había alrededor de 13 personas trabajando para ella, yo dentro de esa suma. Se manejaban diferentes diligencias, desde testamentos, aceptación de herencias, poderes, inscripciones, hasta actos jurídicos como compra ventas, arrendamientos y autorizaciones, entre otras. Había mucho por conocer, la bodega estaba llena de historia de todo el trascurso de su carrera, sus libros de protocolo figuraban alrededor de 700 escrituras por año; los archivos de los documentos privados estaban en otro lado y eran alrededor de 127 cajas que podían tener en el lugar, las demás estaban en otra bodega.

Mi superiora era una mujer mayor de sesenta y siete años de edad, estresada de la vida y del trabajo. Había sufrido de cáncer mamario, y una bacteria que casi la conlleva a la muerte. Poseía un basto conocimiento sobre el derecho, sin embargo, trataba a las personas como inútiles, decía que eran personas con mente podrida y que nunca podrían llegar lejos. Las humillaciones eran a diario, y nadie podía decir nada. Ronaldo, llevaba dos años trabajando para ella, y decía que había visto alrededor de 35 personas entrar y salir por año, que eran pocos los que terminaban la semana y valientes los que soportaban la quincena. Flor, llevaba más tiempo a su servicio, aún con sus intentos de denuncia sobre el maltrato que recibían, no se marchaba del lugar, día a día decía que estaba ahí por idiota, pero la compañía de Susana le hacía soportar un poco más. Evy, una de las más jóvenes estaba estudiando derecho, en su tercer año tuvo que dejar la carrera, por causa de su hija y que su esposo había perdido su empleo; Desde un inicio todos fueron amables, hasta flor que era la más seria, ahora me sonríe y cada mañana me saluda con un nuevo chiste. Los primeros 15 días fueron horribles y al completar el mes, sentía a decaer, nunca me había sentido más estúpida que en ese lugar, sus maneras de corregir eran las más crueles, pero sabía que debía aprender, la experiencia que necesitaba la iba a obtener de ese lugar.

El tiempo se me hizo corto, y el cansancio fue mayor, pero valía la pena por todo lo que quería conseguir… Al final, estaba preparando mi futuro, y con quién lo iba a compartir debía saber que estaba con alguien que no se rendiría fácilmente."



-Hablando sola

sábado, 4 de abril de 2020

Melodía de media noche - IV

“El despertador sonó a las seis de la mañana, el desvelo me robó energías. Mi padre aún no se levantaba. Esperaba las murmuras de todos a la hora del desayuno, estaba lista a sus preguntas y que reconocieran que no estaba equivocada.

Bajé a la cocina, el olor a chocolate y café perfumaron la habitación. Sonia había dejado todo listo, se había marchado temprano, era su día de descanso. Los inquilinos bajaron poco a poco, unos llevándose su desayuno y otros preferían degustar de ello en el comedor. Tostadas recién hechas, cereales y fruta, por primera vez estaba a gusto con el desayuno. Saludé a la señora Juliette, se le notaba con cansancio pero siempre me otorgaba una sonrisa. El inquilino de la habitación cinco, el joven Tomás quien siempre me sonrojaba con tan solo lanzarme una mirada, nunca desayunaba en casa, cogía una manzana y se iba en rumbo de una aventura, o al menos era lo que yo podía maquinar. El trío de burlones de los señores Chiriatti, Dumas y Linares, tres viejos con una amistad de años que se habían reencontraron en esta mansión, sus habitaciones estaban juntas, mi padre las acomodó a propósito. 13, 14 y 15 eran sus cuartos, se mandaban aviones de papel durante el descanso de la tarde. Les encantaban las tostadas con jalea de fresa, un chocolate bien preparado y maní como postre. Todos los inquilinos desayunaron, Dumas con más hambre que los demás, sin mucho comentario cada quien fue a sus labores. Nadie dijo nada sobre el recital de anoche

Mi padre bajó con una hora de retraso. La fatiga estaba dibujado en su rostro, parecía que no había tenido un buen descanso anoche, quizá escuchó el escándalo que había causado, el recital del pianista y mi conversación con la luna.

-        - Papá, disculpa el estruendo de anoche
-         - ¿De qué hablas, Lucyla? – Así me llamaba mi padre “Lucyla” de cariño.
-        - Es que no has dormido bien, y quizá se deba al ruido de anoche.
-     - No escuché nada, de hecho tuve un buen descanso. Es solo que he estado pensado en Luz de María.
-        - ¿La inquilina del cuarto 19?
-        - Sí, lleva dos meses dejando el pago de la renta en mi biblioteca. Ella no sale mucho, y si lo hace, es cautelosa, sin embargo, el día de pago le puedo saludar tranquilo.-       
       - Es la más reservada de todos, papá. Es entendible que se comporte así, además hasta para comer es así, siempre le dejamos sus alimentos a la orilla de la puerta.
-       - Tienes razón, Lucy. Bueno, es hora de comer, ¿Dónde están mis tostadas?...
-      - Lo siento, Don Arnoldo. Me comí las que habían. – Respondió Dumas con media tostada en la boca. Mi padre se limitó a reírse y fue en busca de algo más a la cocina.

Nadie dijo nada, al parecer nadie había escuchado ni un solo ruido. No estaba segura si fue mi imaginación quien habría creado todo ese espectáculo; pero mi mente tenía grabado su rostro, ojos negros azabache, su cabello era negro, lo tenía un poco largo hasta cubrir sus orejas, su color de piel era demasiado pálida para mi gusto, creo haberle visto ponerse rojo de la impresión; estatura promedio, vestía con camisa blanca, pantalones negros y una capa azulada. Su figura queda registrada para el siguiente encuentro.

Llegaron las diez de la mañana, las paredes de la casa se volvían pequeñas, los cuadros parecían tomar vida, y las flores aromatizaban la estancia. Una ligera brisa entró, acariciando mi piel y matando mi pequeño ataque de ansiedad. Por un momento sentí que estaba sola en casa. Recorrí los pasillos, un silencio profundo se apoderó de todo el lugar, no habría rastro de nadie.

Recordé las habitaciones vacías, en la número 21 tenía guardada una caja de madera, donde resguardaba las cosas más preciadas que tenía, cartas y fotografías, envoltorios, unas medallas y bolsas de regalo. Las otras seis habitaciones, se mantenían con llave hasta que llegara un nuevo huésped. Vagué entre los cuartos, hasta encontrar a la señora Felicia. Una mujer vivaz de treinta años que más de alguna vez trató de seducir a mi padre; sin embargo, a mi padre no le atraían las morenas y rechazaba cada intento de coqueteo, o al menos eso me hacía creer. Una noche de agosto de dos mil dieciocho los encontré en la biblioteca, sus cuerpos se aferraban en la alfombra, saboreaban la piel del otro, sus ropas estaban por toda la habitación, y mis obras lanzadas al basurero, pues su primer acto parecía haber sido en el escritorio; ninguno de los dos se percató de mí, a la fecha no saben que tengo conocimiento de ese encuentro. Era de las tantas veces que fui perturbada.

La tarde llegó, y esperaba con ansias la noche… Necesitaba nuevamente el pequeño concierto en el gran salón. Podía ser exagerado, pero sin su aparición de hace algunos meses atrás, mis desgracias me habrían consumido. Le debía un favor…"





Continuará...



- Hablando sola

viernes, 27 de marzo de 2020

Melodía de media noche - III


“Las mañanas de marzo se tiñeron de naranja, la brisa jugaba con mi cabello y las hojas de los árboles se divertían dando vueltas y arrebatando el velo de verde de cada arbusto.  Cada día salía al mercado por el pan, fruta y el queso que no podía faltar sobre la mesa, con semejante multitud, Sonia, la cocinera, necesitaba ayuda y yo era el tributo a la calle para realizar las compras.

Mi padre en su estudio, hacía la lista para cobrar la renta. A nadie le gustaba la fecha de pago. Para él, era su día preferido; sin embargo, no era el dinero que lo ponía de buen humor, sino, que ese era el único día que podía saludar a los diecisiete inquilinos con suma naturalidad. Mientras él realizaba los cobros, yo recorría los pasillos, tratando de descubrir el misterio del pianista, y aunque era muy temprano para ello, me rehusaba a la idea de renunciar… Han pasado varios meses y sus notas aun suenan en mi cabeza. Unas cuantas noches, y estaba enamorada de un fantasma, tanto que detestaba esa idea, pero caí en cuenta que llamar amor a una melodía era válido para mí.

Eran las dos de la tarde, mi padre estaba agotado, apenas llevaba la mitad de los inquilinos, quise tomar su lugar pero era muy necio, siempre era de su placer terminar la jornada. Había ciertas reglas de las que prefería cerciorarse personalmente. No permitía familias dentro de la mansión, cada quien era solitario de su historia, decía que este lugar era creado para personas que vagaban solas y que se tenían así mismas. No era un refugio, era un nuevo hogar, donde otros desconocidos se volvían tu familia, con distancia y poco de reserva, pero el calor hogareño estaba aquí y era solo para ellos.

Arreglando el jardín, me quedé dormida entre las flores, divinas y olorosas. Siempre iba al centro de la ciudad a comprar ramos de flores porque me dolía tener que arrancar las de mi apreciado jardín. La noche me había alcanzado, soñolienta caminé hacia la casa, con las luces apagadas, todos estaban en sus cuartos, mi cena estaba fría. Miré el reloj, eran las diez con treinta minutos. Fui a la cocina, Sonia ya estaba en su alcoba. Visité la biblioteca de mi padre, estaba sola. Recorrí cada libro, recordando las historias de autores muy poco conocidos; me perfumé del olor a libros viejos y nuevos, cada personaje tintado en letras me gritaba desesperadamente; hasta que encontré el libro de “Marina” de Carlos Ruiz Zafón las voces dejaron de golpear de cabeza, empecé a leer semejante ejemplar de bolsillo cuando al fondo del pasillo escuché aquella melodía imposible de desconocer. El pianista fantasma, había vuelto. El libro se me resbaló y mi corazón latía demasiado rápido, mi respiración se dificultó un poco, me senté por un momento para deleitarme. Había vuelto.

Al cerrar los ojos, reaccioné ¡Que idiota! ¿Qué estaba haciendo sentada? Salí de la biblioteca, me dirigí al pasillo para saber de dónde provenía el recital, el miedo a la oscuridad se había desvanecido ya hace varios meses. Sentí la casa más enorme de lo normal. Busque entre las habitaciones solas, el ático, y en las partes más solas de la casa. Hasta que recordé el piano del gran salón. Corrí sin zapatos, para no ser escuchada, pero el silencio profundo de la noche me delataba en mi más mínimo movimiento. Y lo encontré. Una silueta negra posaba sobre el piano, asomé la vista al reloj, eran las once de la noche. Me quedé helada, viendo como ese ser tocaba, y aunque no distinguía su rostro, no quería interrumpir la sinfonía. Me apoyé en la pared, sin percatarme que había un interruptor de energía. El gran salón se iluminó.

Me quedé atónica. La música dejó de sonar… Por un momento se quedó de pie, observándome. No supe que hacer, él salió corriendo hacía la cocina y yo me quedé ahí sin aliento… Era real, no era un fantasma. Salí en su búsqueda, no había ningún rastro de su presencia. El reloj marcó la media noche. Perpleja, fui a mi habitación, me tumbé en la cama a pensar en lo que acababa de suceder, miré hacía la ventana, la luna estaba en su mejor resplandor, nunca la había visto tan hermosa, platiqué con ella toda la noche hasta quedar dormida, mi pulgarcito ruidoso era real”



Continuará...

-Hablando sola

viernes, 6 de marzo de 2020

La casa de los abuelos.


“En la casa de mis abuelos soy feliz, corro tras las gallinas y juego con los perros, corto frutas y sirvo a todos. Todas sonríen, esperan la comida de la abuela y la historia del abuelo”

-Gabriela Hernández, 7 años de edad

…Había olvidado lo que era volver a mis raíces de la infancia. Me encaminé en un mar de recuerdos que me golpeaban la memoria intentando retomar las viejas épocas doradas en las que era feliz por creer en una gran familia unida, en el cuál ni la distancia harían que nos enfriáramos; entre visitas se reconfortaban las almas desgastadas por el tiempo en lejanía, y las buenas historias nunca hacían falta.

La casa de los abuelos era un punto de encuentro, llegando de casi cada departamento  del país un hijo a visitar a sus adorados padres. La abuela, una mujer excepcional, como madre, adoraba a cada uno de sus diecisiete hijos, a todos les entregó amor, enseñaba con firmeza, tenía compasión, era la esposa ideal. Sus ojos color miel encantaban a su esposo día a día. El abuelo con una dureza de machismo que no se borraba con nada, era un padre fuerte y sus hijos le guardaban respeto, un hombre sabio que supo educar a sus hijos; les enseñó que la familia siempre es primero, independientemente qué problema existe, a ellos eran los únicos a los que no se les debe dar la espalda.

Los días festivos habían sido muy alegres, los tíos, los primos, los nietos, todos disfrutando. Las nueras y las hermanas en la cocina, armando un banquete esplendido y exquisito. Era una niña que disfrutaba la visita a la casa de los abuelos… El lugar estaba repleto de árboles, cada sitio era un escondite perfecto. La frescura era la parte más relajante del día, miles de juegos se podían crear con solo caminar durante todo el lugar. Las mejores frutas crecían ahí, y siempre volvía a casa con un cesto grande lleno de ellas. Durante las noches, el terror se asomaba por las ventanas, pues en semejante terreno no se lograba distinguir el camino, ni a los animales o las personas que se encontraban respirando un poco de aire fresco. Una casa con olor a chocolate artesanal y canela. Las herramientas del abuelo que permanecían en su taller, siempre me daba permiso de utilizarlas, aun cuando solo quería clavar un clavo enorme en una madera tirada e inservible, sin embargo, para mi esa era una gran obra y mi abuelo reconocía el trabajo bien hecho. Nunca entablé una conversación con él por más de diez minutos, siempre estaba con su café, alimentando a los perros o buscando a las gallinas para llevarlas a dormir. Nunca descansaba lo suficiente.

 Los años fueron pasando y las cosas fueron cambiando. A la muerte del abuelo, la familia se distanció, comenzaron los problemas y las discusiones de una herencia en la que mi abuelo había heredado a cuatro de sus diecisiete hijos; mi abuela con alzheimer mantenía la imagen de una familia querida, en la que todos se alegraban y volvían a esas tardes de anécdotas, comentando sus travesuras o aventuras. Durante el funeral de mi abuelo, por su enfermedad, ella no recordaba a quien se enterraba; y cuando por un segundo la memoria le servía, se echaba a llorar como una niña, amaba a su esposo, era su mejor amigo y el amor de su vida. Mi padre estaba destrozado y mi madre lloraba desconsoladamente, le había querido tanto que para ella mi abuelo había sido como un padre; un verdadero padre que no la abandonó y que cuando más lo necesitó, ahí estuvo él. Su muerte marcó muchas vidas.

Han pasado siete años, mi abuela dejó de visitar el cementerio, dice que para ella mi abuelo sigue en su casa, en su corazón y al lado de su cama. Cuando olvidaba su muerte le buscaba por todos lados, en el taller que dejó de existir, en los alrededores de la casa, entre los arboles por si él estaba cortando sus  frutas favoritas; pero cuando reaccionaba sobre ausencia, regresaba triste a su silla, a llorar entre risas porque siempre cuenta lo feliz que fue en sus sesenta y cuatro años de matrimonio. Aprendió a vivir con su recuerdo.

La casa ha cambiado, hay nuevas habitaciones, nuevos inquilinos, desconocidos en su mayoría; mi abuela se pasea en la casa buscando con quien hablar, al no encontrar a nadie, se sienta en una silla de madera a salida del pórtico de la gran casona, respira un poco de aire fresco, y aunque su vista se está nublando, se deleita con la despedida del sol. Los arboles ya no dan buenos frutos. La construcción de nuevos espacios estaba acabando con la flora del lugar. Triste y lúgubre era la energía que emanaba ese lugar. Uno de los hijos se adueñó poco a poco de los terrenos, a excepción del que tiene a su propiedad mi padre, ese está ahí abandonado y con la maleza en alto, mi padre dice que nunca lo vendería a su hermano… Le odia demasiado. Nadie puede ver a la abuela sin su permiso, su hija maneja todas las cuentas. Mi padre llora de rabia cuando no puede ver su mamá y los demás son tan cobardes como para no hacer nada. Las disputas económicas y el status social pudieron con todos…

“En la casa de mis abuelos fui feliz, corrí tras las gallinas y jugué con los perros, corté frutas y serví a todos. Todos alguna vez sonrieron, y esperaban la comida de la abuela y la historia del abuelo”
-Gabriela Hernández, 23 años de edad




- Hablando sola.

martes, 18 de febrero de 2020

Noches de papel


En la oscuridad de la noche, mi madre reposó en mi habitación. Me tomó entre sus brazos, como cuando ave protege a su cría… Con tono suave se acercó hasta mi oído:

-      - ¿Por qué ya no me quieres, hija?

-       -Mamá… Sí la quiero… - respondí soñolienta.

-   -No, tú ya no me quieres… Dame cariño como lo hacías antes, como cuando jugabas conmigo, y tu risa era mi risa.

Mi silencio se hizo presente y ella me acompañó. Había olvidado lo que era ser cariñosa con ella, había olvidado esos días en los que solo vivía mi infancia sin importar lo que sucedía, sin entrar a la maldición de estar en el momento menos indicado. Cuando creía que la familia lo era todo, y que nunca me harían daño porque me amaban, porque era parte de ella… Era curioso, nunca me sentí parte de ese círculo. Mi mente estaba bloqueada, y el cansancio del día me obligaba me impedía recordar, deseaba descansar.

La mañana siguiente, ella ya no estaba. Dejando el café servido, el pan tostado sobre la mesa, había salido a sus habituales aventuras. Mi hermana se alistaba para ir a la iglesia; y yo… reuniendo las ganas para mis labores.

Cada sábado por la mañana me bañaban en sermones del por qué había dejado de asistir a la iglesia. Cada sábado por la mañana respondía lo mismo “Tengo cosas que hacer” y sin más explicación arreglaba las cosas de la casa y luego salía en marcha. Mi hermana me observaba con unos ojos que destilaban tristeza. Mi padre no me dirigía la palabra y cuando mi madre estaba en casa, solo eran gritos, reclamos y malos entendidos.

Entre las distintas clases de discusiones, había notado la cercanía de mi madre hacia mi papá, eso no era normal. Los dejé ser. Con el paso de las semanas descubrí el truco de esas caricias de esposa, esos chistes sin sentido para entrar en conversación con mi papá… Ella buscaba una salida económica para irse del país, y la única persona segura que podía darlo, era él.

¡Ay, que ingenuos! Si supiera que ella aún sigue viendo su amante, si supiera que él ya está haciendo otra vida… Si ambos supieran que lo sé todo. Juegan a saber quién más listo, el más astuto y el que no las lleva de perder.

Paso como fantasma dentro de esta casa, mis mascotas ya no me saludan, se quedan dormidas cuando aparezco luego de un día largo, y en la mañana solo piden agua y salen a sacudir sus melenas. Cada noche subo a mi habitación, sin mayor sonido, la puerta se cierra lentamente. Me sumerjo entre mis letras y mis cuentos; la luna busca una nueva historia, y cada semana trato de darle una buena. Me mira con cierta cautela, mis historias no le son suficientes… No entiende que a veces uno escribe para sí mismo.

Me desvelo entre noches de papel, creando algo bueno. He perdido el toque de escribir; aun así es mi única forma de salir de la realidad que me persigue, las letras se quedan con mis tristezas y hacen eterno mi enamoramiento. Aniquilan los nudos de mi garganta y cuando leo mis escritos, me enseñan el recorrido que llevo. Hace que el peso de una desgracia de familia como la mía, sea liviano.

El día se ha acabado, el café sigue en la mesa, frío y sin dueño…


- Hablando sola