viernes, 10 de julio de 2020

Las cartas de Naima - I



"Era una noche de julio en la que me vestí de júbilo para subir aquellos ánimos arrastrados por la vida; dónde juré consumirme en el fuego de mis pecados y volver a nacer como el ave del fénix.

La tormenta nos visitó, el viento azotaba las ventanas, el agua corría por cada gotera de los tejados de la casa y los  relámpagos iluminaban por un segundo la estancia. Bajo la lluvia escuchaba voces, gritos de algunas mujeres que ahogaban sus angustias durante esta época de año, gritos que sumaban los míos.

Bajo la penumbra de la noche, mi habitación estaba desolada, el frío envolvió mi cuerpo y aunque mis vestiduras eran cálidas, no lograba sentir el calor que necesitaba. Me miré al espejo y observaba como lentamente se deformaba mi imagen, la falta de sueño me estaba consumiendo, comenzaba a tener alucinaciones.

La tristeza estaba acabando conmigo, miles de escenas imaginé en la pared de mi cuarto, dibujaba con tinta roja las dolencias que alimentaban aquellos secretos que por años estaba cargando. El silencio era un arma poderosa, me estaba taladrando desde adentro.

Al caer al suelo, con ganas de descansar un rato, de recuperar energías y sentirme viva como el verano pasado, escuché el ruido de la puerta; era mi hermano, había regresado. Con poca gana bajé con cuidado para no causar molestias a los inquilinos, la noche era fría y cada quien estaba en su propio calor de las sabanas.  Bajé a la estancia y ahí estaba Sebastián. Tan cansado por la jornada, supuse que tenía hambre y de una vez fui a la cocina, le preparé unas tostadas y un poco de café, era demasiado tarde para darle algo más pesado. Le llamé, pero no respondió. Le busqué por la casa, y estaba sola. No había nadie en las habitaciones, ni siquiera estaba el rastro del perro que siempre andaba detrás de Lilia.

La lluvia danzaba con furia y dolor, no descansaría hasta arrasar con todo. Me sentí sola. Con extrañeza caminé por el corredor de la casa, llamando a quien pudiera… Nadie respondió. Un olor a ropa quemada surgió de mi habitación, corrí a ver sucedía y mi cuarto estaba en llamas, corrí y grité por ayuda pero nadie estaba. Poco a poco una cobija de fuego estaba envolviendo la casa y en cada habitación estaba un cuerpo consumiéndose en el calor del fuego. Intenté rescatar lo que pude, pero rápidamente todo se volvió escombros.  

Vestida de flores, el único color vivo en mí. Salí de la casa, y observaba con terror como ni la lluvia podía hacer nada por apagar el incendio. Grité con odio y sin comprender nada, la naturaleza no me estaba ayudando. Todo era cenizas. Un espectro salió por la puerta, me miró a los ojos y acarició mi rostro, era Sebastián. Caí en sus brazos sin entender lo que estaba sucediendo. Escuché su risa y al levantar la mirada desconocí a mi hermano, sus ojos brillaban por tal espectáculo. Luego su mirada se posó nuevamente en mí y con una voz suave articuló “Tú pedías renacer”

La lluvia dejó de caer y las nubes liberaron a la luna, iluminó la pesadilla que acababa de suceder. Sebastián no estaba y al mirar la casa todo estaba intacto. Me quedé perpleja ¿Era solo un sueño?

Entré a la casa y varios desconocidos se encontraban en la estancia. Preguntaba por lo sucedido y nadie me correspondía, escuché a unos hombres decir que un pequeño incendio había consumido una de las habitaciones, no era un sueño entonces. Subí las escaleras y encontré a Lilia, ignorando mi voz, lloraba como si el perro se hubiera muerto. Fui a las habitaciones para ver cual se había pulverizado, y la mía fue la sorteada. Entré en ella y Sebastián tenía a una niña en sus brazos, lloraba con desesperación, siempre dije que la actuación era su vocación. Todo era carbón, el fuego había casi destrozado el cuerpo de la doncella, con sus vestiduras quemadas y aún con su piel parcialmente negra se podía reconocer, quedé petrificada cuando al acercarme, mis pasos se congelaron al observar que era yo quien estaba en los brazos de Sebastián.

Quise renacer como el ave del fénix, pero olvidé que yo no era parte de la mitología griega y creo que Sebastián también omitió ese detalle."