"Era una noche de julio en la que me vestí de júbilo para subir
aquellos ánimos arrastrados por la vida; dónde juré consumirme en el fuego de
mis pecados y volver a nacer como el ave del fénix.
La tormenta nos visitó, el viento azotaba las ventanas, el
agua corría por cada gotera de los tejados de la casa y los relámpagos iluminaban por un segundo la
estancia. Bajo la lluvia escuchaba voces, gritos de algunas mujeres que
ahogaban sus angustias durante esta época de año, gritos que sumaban los míos.
Bajo la penumbra de la noche, mi habitación estaba desolada,
el frío envolvió mi cuerpo y aunque mis vestiduras eran cálidas, no lograba
sentir el calor que necesitaba. Me miré al espejo y observaba como lentamente
se deformaba mi imagen, la falta de sueño me estaba consumiendo, comenzaba a
tener alucinaciones.
La tristeza estaba acabando conmigo, miles de escenas imaginé
en la pared de mi cuarto, dibujaba con tinta roja las dolencias que alimentaban
aquellos secretos que por años estaba cargando. El silencio era un arma
poderosa, me estaba taladrando desde adentro.
Al caer al suelo, con ganas de descansar un rato, de recuperar
energías y sentirme viva como el verano pasado, escuché el ruido de la puerta;
era mi hermano, había regresado. Con poca gana bajé con cuidado para no causar
molestias a los inquilinos, la noche era fría y cada quien estaba en su propio
calor de las sabanas. Bajé a la estancia
y ahí estaba Sebastián. Tan cansado por la jornada, supuse que tenía hambre y
de una vez fui a la cocina, le preparé unas tostadas y un poco de café, era
demasiado tarde para darle algo más pesado. Le llamé, pero no respondió. Le
busqué por la casa, y estaba sola. No había nadie en las habitaciones, ni
siquiera estaba el rastro del perro que siempre andaba detrás de Lilia.
La lluvia danzaba con furia y dolor, no descansaría hasta
arrasar con todo. Me sentí sola. Con extrañeza caminé por el corredor de la
casa, llamando a quien pudiera… Nadie respondió. Un olor a ropa quemada surgió
de mi habitación, corrí a ver sucedía y mi cuarto estaba en llamas, corrí y
grité por ayuda pero nadie estaba. Poco a poco una cobija de fuego estaba
envolviendo la casa y en cada habitación estaba un cuerpo consumiéndose en el
calor del fuego. Intenté rescatar lo que pude, pero rápidamente todo se volvió
escombros.
Vestida de flores, el único color vivo en mí. Salí de la casa,
y observaba con terror como ni la lluvia podía hacer nada por apagar el
incendio. Grité con odio y sin comprender nada, la naturaleza no me estaba
ayudando. Todo era cenizas. Un espectro salió por la puerta, me miró a los ojos
y acarició mi rostro, era Sebastián. Caí en sus brazos sin entender lo que
estaba sucediendo. Escuché su risa y al levantar la mirada desconocí a mi
hermano, sus ojos brillaban por tal espectáculo. Luego su mirada se posó
nuevamente en mí y con una voz suave articuló “Tú pedías renacer”
La lluvia dejó de caer y las nubes liberaron a la luna,
iluminó la pesadilla que acababa de suceder. Sebastián no estaba y al mirar la
casa todo estaba intacto. Me quedé perpleja ¿Era solo un sueño?
Entré a la casa y varios desconocidos se encontraban en la
estancia. Preguntaba por lo sucedido y nadie me correspondía, escuché a unos
hombres decir que un pequeño incendio había consumido una de las habitaciones,
no era un sueño entonces. Subí las escaleras y encontré a Lilia, ignorando mi
voz, lloraba como si el perro se hubiera muerto. Fui a las habitaciones para
ver cual se había pulverizado, y la mía fue la sorteada. Entré en ella y Sebastián
tenía a una niña en sus brazos, lloraba con desesperación, siempre dije que la
actuación era su vocación. Todo era carbón, el fuego había casi destrozado el
cuerpo de la doncella, con sus vestiduras quemadas y aún con su piel
parcialmente negra se podía reconocer, quedé petrificada cuando al acercarme,
mis pasos se congelaron al observar que era yo quien estaba en los brazos de
Sebastián.
Quise renacer como el ave del fénix, pero olvidé que yo no era
parte de la mitología griega y creo que Sebastián también omitió ese detalle."