martes, 14 de abril de 2020

Padres desconocidos


Mi padre estaba cerca de la ventana, observaba los árboles y se limitaba a sentir los rayos de sol que le alcanzaban a tocar… Le vi detenidamente y le desconocí por un segundo. Ya no mostraba el semblante de hombre fuerte que había visto durante años, era un  hombre caído y con el alma dañada que guardaba aún la esperanza de volver a ser feliz. Durante un buen tiempo le había visto tan frágil, que creí imposible su sobrevivencia, pero aquí sigue, caminando por el corredor de la casa, con sueño la mayor parte del tiempo, enojándose por el café frío de la mesa, por el pan rancio y la miel demasiado dulce.

Debido a una cuarentena decretada en el país a causa de una pandemia, el encierro no nos dejó otra opción más que aprender a convivir. Mis padres tuvieron su encuentro, queriendo “hacer las cosas bien” entablaron una errónea conversación sobre los últimos acontecimientos. Sus acuerdos eran ordinarios y no buscaban arreglar nada, solo sobrevivir al encierro de treinta días. Mi padre volvía a saborear su luz de esperanza y mi madre solo retrasaba una parte de su plan. Mi madre se pasea por el corredor, finge leer un libro, observa por la ventana pasar sus días, no espera el día para que pueda escapar, se siente amarrada, pero su hija la detiene, dice que no puede dejarle sola, que es indefensa, que le falta despertar aunque tenga veinticinco años. Sin embargo, no piensa envejecer al lado de mi padre, dice que prefiere morirse en la calle antes que estar a su lado…No le ama, pero hace algunas noches estaba con él, enredados en el deseo carnal.

Cuando  ella estaba en la cocina, le miraba atentamente, toda un ama de casa, preparando la cena, mi padre a un lado del sofá dormido, con la televisión encendida, era el clásico hombre que al que no le gustaba que le quitasen su canal de deportes, no importaba si estaba dormido, él decía escuchar la televisión. Mi mente los desconocía por varios minutos, como un par de extraños viviendo en mi casa, haciendo cosas de hogar… o quizá yo era la desconocida, que se limitaba a sentarse y esperar la cena. Algunas veces creo quererles, y otras solo les guardo respeto… unos días dicen estar orgullosos de mí, y durante las noches hablan sin filtro, su lengua sacan el veneno,  y dicen que he cambiado demasiado por considerar que me creo una maldita licenciada, que ganar unos dólares me hacen sentirme millonaria “Pobre ingenua, no sabe de la vida… pagará cada malcriadeza”. Unas veces quiero creer y en otras no siento nada, no cambian, no lo harán, ya no necesito que lo hagan.

Las tardes de abril eran cada vez más calurosas, el viento apenas adquiría un toque de frescura, el cielo pintaba de azul marino y las nubes como grandes trozos de algodón hacían el escenario ideal para que el sol se deleitara en iluminar cada rincón. Las lecturas vespertinas eran mis favoritas, buscaba mis lentes y encontrar un lugar en el cual no me derritiera del calor. Mi habitación se volvió una caja de recuerdos, entre el cumulo de papeles que estaba sacando, ordenaba mis pertenencias, leí y releí cada documento que guardaba, encontré viejas calificaciones, cuadernos, libros, fotografías y cartas; recordar es volver a vivir, y sentí que había revivido cinco años en una tarde. Durante las noches, me observaba en el espejo, y a mi lado sentí un vacío enorme, extrañaba demasiado a mi poeta; los días pasan, y cada vez se extraña más…quería que el encierro terminara.



- Hablando sola.

domingo, 5 de abril de 2020

Cielos de otro color.


"La pasantía había terminado, y dos semanas antes busqué un trabajo para no caer en el desempleo. Día tras día resonaban las palabras de Fermín Romero de Torres “El destino no es a domicilio, debes ir por él”; dejando el ministerio público el 12 de febrero, entré a una oficina jurídica que me demandaría todo lo estudiado en mis seis años de carrera. Cambié de ambiente laboral.

Durante las mañanas el viento dejó de jugar con mi cabello y el cielo dejó de ser rosa. Cambié de vestimenta, dejé las zapatillas por zapatos altos. Siempre odié los centros comerciales, y para mi mala suerte, la oficina estaba adentro de uno. Meses atrás en ese mismo centro comercial, realicé varias auditorías a establecimientos comerciales, entre ellos una tienda deportiva, ahí conocí a Ed, Crista y Jonathan, aunque este último ya tenía referencia sobre mí. Estuve con ellos un mes, mi trabajo me había encomendado auditar la emisión y entrega de documentos fiscales. Jonathan ya sabía de mi existencia, pues en esa tienda, mi pareja había trabajado ya hace un tiempo atrás y habían sido compañeros de trabajo. No me costó crear buen ambiente con ellos, pues la autoría iba durar un buen periodo. Jonathan me habló de sus dibujos, era el típico hombre que babeaba por cualquier mujer, parecía un adolescente en calentura con cada dama que se paseaba; Crista fue tímida, pero luego la risa la invadía, se divertía tanto con las tonterías que decía y los juegos que se manejaba con Jonathan, eran dos empleados que creían estar en la guardería. Ed, era el jefe de tienda, tenía la madurez necesaria para manejarla, sus años de experiencia se lo habían concedido, sin embargo, tenía la suficiente inmadurez para hacer caso a bromas sin sentido y pésimos chistes. Creé un buen lazo con ellos; Ed por ejemplo, escuchó mi historia, supo sentir lo que yo había vivido todo el año y me aseguró que todo lo que había vivido me ayudó a ser quien era y que la persona que estaba a mi lado lo sabía muy bien. Ed sin mucho esfuerzo supo distinguir que era alguien emotiva, y que mi corazón era demasiado noble, sin embargo sabía lo fuerte que podía ser. Sabía que amaba a una sola persona y que mi cambio de rostro era radical cuando aparecía esa persona, se me notaba otra luz… se me miraba feliz, y hasta la fecha afirmo que no se equivocaba. Me comentó su vida y de lo enamorado que estaba de su novia, me conmovía demasiado, sus ojos brillaban y cuando menos se daba cuenta, cuando se refería a ella hasta su sonrisa era diferente, era esa clase de caballero que se dedicaba a amar solo a una. Supongo que en ese aspecto coincidimos muy bien, ambos sabíamos el valor de querer a alguien.

Dicen que las cosas suceden por algo, la oficina en la que había entrado estaba a unos locales de la tienda deportiva. Luego de unos meses volví a saludar a mis viejos amigos, Jonathan ya no estaba, se le había trasladado a otra tienda; Crista seguía un poco tímida pero al pasar diez minutos entraba en confianza, y un nuevo empleado estaba en el lugar de Jonathan, su nombre era Antonio y aunque su apariencia era de 24 años, su edad cuadraba los 19 años. Ed decía que se alborotaba al ver o tratar de conversar con niñas, y eso era verídico, Crista y yo podíamos dar fe de ello. Pasaba mis 25 minutos de almuerzo y unos 15 minutos a la salida del trabajo en la tienda. Los tres lograban sacar un poquito el estrés que cargaba diario, les debo bastante.

El nuevo trabajo era completamente distinto a lo que realicé el año anterior, pero completamente conocido a lo que había estudiado en la Universidad. Un ambiente tétrico y apagado. Las personas que laboraban ahí doblaban su edad real, las arrugas eran causas del estrés. Hasta los papeles querrían salir volando de ahí, porque al dar las ocho en punto de la mañana la tortura comenzaba.

El cubículo de mi jefa era un clásico escritorio de madera con un cristal encima, a un lado una repisa de todas las leyes, recopilaciones de estas y libros de derecho, las de ella y las de su hijo. Otro escritorio lleno de documentación de viejos procesos judiciales, compra ventas pendientes, notificaciones de demanda, y viejos archivos de denuncia que había recibido en su contra por maltrato laboral, sin embargo sus años de experiencia le respaldaban con buenos contactos para no salir de su zona de confort. Había alrededor de 13 personas trabajando para ella, yo dentro de esa suma. Se manejaban diferentes diligencias, desde testamentos, aceptación de herencias, poderes, inscripciones, hasta actos jurídicos como compra ventas, arrendamientos y autorizaciones, entre otras. Había mucho por conocer, la bodega estaba llena de historia de todo el trascurso de su carrera, sus libros de protocolo figuraban alrededor de 700 escrituras por año; los archivos de los documentos privados estaban en otro lado y eran alrededor de 127 cajas que podían tener en el lugar, las demás estaban en otra bodega.

Mi superiora era una mujer mayor de sesenta y siete años de edad, estresada de la vida y del trabajo. Había sufrido de cáncer mamario, y una bacteria que casi la conlleva a la muerte. Poseía un basto conocimiento sobre el derecho, sin embargo, trataba a las personas como inútiles, decía que eran personas con mente podrida y que nunca podrían llegar lejos. Las humillaciones eran a diario, y nadie podía decir nada. Ronaldo, llevaba dos años trabajando para ella, y decía que había visto alrededor de 35 personas entrar y salir por año, que eran pocos los que terminaban la semana y valientes los que soportaban la quincena. Flor, llevaba más tiempo a su servicio, aún con sus intentos de denuncia sobre el maltrato que recibían, no se marchaba del lugar, día a día decía que estaba ahí por idiota, pero la compañía de Susana le hacía soportar un poco más. Evy, una de las más jóvenes estaba estudiando derecho, en su tercer año tuvo que dejar la carrera, por causa de su hija y que su esposo había perdido su empleo; Desde un inicio todos fueron amables, hasta flor que era la más seria, ahora me sonríe y cada mañana me saluda con un nuevo chiste. Los primeros 15 días fueron horribles y al completar el mes, sentía a decaer, nunca me había sentido más estúpida que en ese lugar, sus maneras de corregir eran las más crueles, pero sabía que debía aprender, la experiencia que necesitaba la iba a obtener de ese lugar.

El tiempo se me hizo corto, y el cansancio fue mayor, pero valía la pena por todo lo que quería conseguir… Al final, estaba preparando mi futuro, y con quién lo iba a compartir debía saber que estaba con alguien que no se rendiría fácilmente."



-Hablando sola

sábado, 4 de abril de 2020

Melodía de media noche - IV

“El despertador sonó a las seis de la mañana, el desvelo me robó energías. Mi padre aún no se levantaba. Esperaba las murmuras de todos a la hora del desayuno, estaba lista a sus preguntas y que reconocieran que no estaba equivocada.

Bajé a la cocina, el olor a chocolate y café perfumaron la habitación. Sonia había dejado todo listo, se había marchado temprano, era su día de descanso. Los inquilinos bajaron poco a poco, unos llevándose su desayuno y otros preferían degustar de ello en el comedor. Tostadas recién hechas, cereales y fruta, por primera vez estaba a gusto con el desayuno. Saludé a la señora Juliette, se le notaba con cansancio pero siempre me otorgaba una sonrisa. El inquilino de la habitación cinco, el joven Tomás quien siempre me sonrojaba con tan solo lanzarme una mirada, nunca desayunaba en casa, cogía una manzana y se iba en rumbo de una aventura, o al menos era lo que yo podía maquinar. El trío de burlones de los señores Chiriatti, Dumas y Linares, tres viejos con una amistad de años que se habían reencontraron en esta mansión, sus habitaciones estaban juntas, mi padre las acomodó a propósito. 13, 14 y 15 eran sus cuartos, se mandaban aviones de papel durante el descanso de la tarde. Les encantaban las tostadas con jalea de fresa, un chocolate bien preparado y maní como postre. Todos los inquilinos desayunaron, Dumas con más hambre que los demás, sin mucho comentario cada quien fue a sus labores. Nadie dijo nada sobre el recital de anoche

Mi padre bajó con una hora de retraso. La fatiga estaba dibujado en su rostro, parecía que no había tenido un buen descanso anoche, quizá escuchó el escándalo que había causado, el recital del pianista y mi conversación con la luna.

-        - Papá, disculpa el estruendo de anoche
-         - ¿De qué hablas, Lucyla? – Así me llamaba mi padre “Lucyla” de cariño.
-        - Es que no has dormido bien, y quizá se deba al ruido de anoche.
-     - No escuché nada, de hecho tuve un buen descanso. Es solo que he estado pensado en Luz de María.
-        - ¿La inquilina del cuarto 19?
-        - Sí, lleva dos meses dejando el pago de la renta en mi biblioteca. Ella no sale mucho, y si lo hace, es cautelosa, sin embargo, el día de pago le puedo saludar tranquilo.-       
       - Es la más reservada de todos, papá. Es entendible que se comporte así, además hasta para comer es así, siempre le dejamos sus alimentos a la orilla de la puerta.
-       - Tienes razón, Lucy. Bueno, es hora de comer, ¿Dónde están mis tostadas?...
-      - Lo siento, Don Arnoldo. Me comí las que habían. – Respondió Dumas con media tostada en la boca. Mi padre se limitó a reírse y fue en busca de algo más a la cocina.

Nadie dijo nada, al parecer nadie había escuchado ni un solo ruido. No estaba segura si fue mi imaginación quien habría creado todo ese espectáculo; pero mi mente tenía grabado su rostro, ojos negros azabache, su cabello era negro, lo tenía un poco largo hasta cubrir sus orejas, su color de piel era demasiado pálida para mi gusto, creo haberle visto ponerse rojo de la impresión; estatura promedio, vestía con camisa blanca, pantalones negros y una capa azulada. Su figura queda registrada para el siguiente encuentro.

Llegaron las diez de la mañana, las paredes de la casa se volvían pequeñas, los cuadros parecían tomar vida, y las flores aromatizaban la estancia. Una ligera brisa entró, acariciando mi piel y matando mi pequeño ataque de ansiedad. Por un momento sentí que estaba sola en casa. Recorrí los pasillos, un silencio profundo se apoderó de todo el lugar, no habría rastro de nadie.

Recordé las habitaciones vacías, en la número 21 tenía guardada una caja de madera, donde resguardaba las cosas más preciadas que tenía, cartas y fotografías, envoltorios, unas medallas y bolsas de regalo. Las otras seis habitaciones, se mantenían con llave hasta que llegara un nuevo huésped. Vagué entre los cuartos, hasta encontrar a la señora Felicia. Una mujer vivaz de treinta años que más de alguna vez trató de seducir a mi padre; sin embargo, a mi padre no le atraían las morenas y rechazaba cada intento de coqueteo, o al menos eso me hacía creer. Una noche de agosto de dos mil dieciocho los encontré en la biblioteca, sus cuerpos se aferraban en la alfombra, saboreaban la piel del otro, sus ropas estaban por toda la habitación, y mis obras lanzadas al basurero, pues su primer acto parecía haber sido en el escritorio; ninguno de los dos se percató de mí, a la fecha no saben que tengo conocimiento de ese encuentro. Era de las tantas veces que fui perturbada.

La tarde llegó, y esperaba con ansias la noche… Necesitaba nuevamente el pequeño concierto en el gran salón. Podía ser exagerado, pero sin su aparición de hace algunos meses atrás, mis desgracias me habrían consumido. Le debía un favor…"





Continuará...



- Hablando sola