Mi padre estaba cerca de la
ventana, observaba los árboles y se limitaba a sentir los rayos de sol que le
alcanzaban a tocar… Le vi detenidamente y le desconocí por un segundo. Ya no
mostraba el semblante de hombre fuerte que había visto durante años, era
un hombre caído y con el alma dañada que
guardaba aún la esperanza de volver a ser feliz. Durante un buen tiempo le
había visto tan frágil, que creí imposible su sobrevivencia, pero aquí sigue,
caminando por el corredor de la casa, con sueño la mayor parte del tiempo,
enojándose por el café frío de la mesa, por el pan rancio y la miel demasiado
dulce.
Debido a una cuarentena decretada
en el país a causa de una pandemia, el encierro no nos dejó otra opción más que
aprender a convivir. Mis padres tuvieron su encuentro, queriendo “hacer las
cosas bien” entablaron una errónea conversación sobre los últimos acontecimientos.
Sus acuerdos eran ordinarios y no buscaban arreglar nada, solo sobrevivir al
encierro de treinta días. Mi padre volvía a saborear su luz de esperanza y mi
madre solo retrasaba una parte de su plan. Mi madre se pasea por el corredor,
finge leer un libro, observa por la ventana pasar sus días, no espera el día
para que pueda escapar, se siente amarrada, pero su hija la detiene, dice que
no puede dejarle sola, que es indefensa, que le falta despertar aunque tenga
veinticinco años. Sin embargo, no piensa envejecer al lado de mi padre, dice
que prefiere morirse en la calle antes que estar a su lado…No le ama, pero hace
algunas noches estaba con él, enredados en el deseo carnal.
Cuando ella estaba en la cocina, le miraba
atentamente, toda un ama de casa, preparando la cena, mi padre a un lado del
sofá dormido, con la televisión encendida, era el clásico hombre que al que no
le gustaba que le quitasen su canal de deportes, no importaba si estaba
dormido, él decía escuchar la televisión. Mi mente los desconocía por varios
minutos, como un par de extraños viviendo en mi casa, haciendo cosas de hogar…
o quizá yo era la desconocida, que se limitaba a sentarse y esperar la cena. Algunas
veces creo quererles, y otras solo les guardo respeto… unos días dicen estar
orgullosos de mí, y durante las noches hablan sin filtro, su lengua sacan el
veneno, y dicen que he cambiado
demasiado por considerar que me creo una maldita licenciada, que ganar unos dólares
me hacen sentirme millonaria “Pobre ingenua, no sabe de la vida… pagará cada malcriadeza”.
Unas veces quiero creer y en otras no siento nada, no cambian, no lo harán, ya
no necesito que lo hagan.
Las tardes de abril eran cada vez
más calurosas, el viento apenas adquiría un toque de frescura, el cielo pintaba
de azul marino y las nubes como grandes trozos de algodón hacían el escenario
ideal para que el sol se deleitara en iluminar cada rincón. Las lecturas
vespertinas eran mis favoritas, buscaba mis lentes y encontrar un lugar en el
cual no me derritiera del calor. Mi habitación se volvió una caja de recuerdos,
entre el cumulo de papeles que estaba sacando, ordenaba mis pertenencias, leí y
releí cada documento que guardaba, encontré viejas calificaciones, cuadernos,
libros, fotografías y cartas; recordar es volver a vivir, y sentí que había
revivido cinco años en una tarde. Durante las noches, me observaba en el
espejo, y a mi lado sentí un vacío enorme, extrañaba demasiado a mi poeta; los
días pasan, y cada vez se extraña más…quería que el encierro terminara.
- Hablando sola.