Hace mucho que no te escribo una carta, los meses han pasado y no olvido aquel último martes que despertamos juntos, cuando los primeros rayos del sol acariciaban nuestra ventana, y un manto de luz escarlata me despertó alrededor de las seis de la mañana, era un día tranquilo, las aves con su canto opacaban el sonido de los buses al otro lado del vecindario. Era todo paz. Tú estabas dormido a mi lado.
Hoy ya no existen esas mañanas, el chocolate se sirve cada día en la mesa, un pedazo de pan con mantequilla siempre están en tu plato preferido. Nunca hay nadie en casa ¿Hace cuánto que te has marchado?. El perro ladra hacia la puerta, parece que quiere buscar las mariposas, revolcarse con el césped bañado con el rocío de la madrugada, estoy segura que quiere jugar contigo. Al no tener respuesta el perro acostumbra a echarse a un costado mío dejando ir un suspiro... No sabía que los perros podrían suspirar.
Este martes en especial, noté que mis libros estaban desordenados, me tomé el tiempo de ordenarlos por géneros literarios, un suave olor a libro viejo me sedujo a leerlo, acariciar sus letras, y dibujar con las yemas de mis dedos esa caligrafía perfecta que rotulaba el ejemplar. Al abrir el libro, cayeron unas fotografías, y aunque el color se estaba borrando, aún podía ver tu sonrisa, esa sonrisa que me hizo sentir un cosquilleo que no logro olvidar, tu mirada tan profunda en esos ojos cafés que tanto he adorado...
Guardé las fotos en el mismo libro, ese que firmaste para mi con tinta roja, sabes que me encanta ese color. Eras todo un escritor extraordinario, creaste tantas historias, fui la base de muchos de tus personajes, siempre disfrutaré de todas tus creaciones, todos esos cuentos, novelas... tus cartas, esas letras tan intimas que eran solo para mi, me sentía exclusiva. Yo era tu más grande seguidora.
Las noches pasan, y extraño tu calor. Pero me quebraste cuando dedicaste a alguien más tus relatos... Sin embargo, aún conservo con mucho amor y recelo tu último fragmento. La historia de esa bella dama de ojos color miel, cabello largo y tez blanca, Merida era su nombre. Tan hermosa en persona, y tan dulce al tratarla. Sigue siendo una mujer encantadora ¿sabes?, y aunque a veces haga ruidos por las noches, la estoy cuidado por ti, duerme en una jaula de oro, y no te preocupes, la mantengo sana, le leo todas las noches, y cada mañana le doy de comer. ¿No era eso lo que querías? Está un poco dañada por que no se deja querer... Pero al final, eso no importa, tú estás muerto, y ella paga tus pecados...
Te sigo amando, y en tu tumba seguiré dejando cartas, siempre me dijiste que también tenía talento para la escritura, es una lástima que nadie lea mis cartas, tan creativas y conmovedoras, pues nadie sabe donde estás...
Con amor y siempre tuya, Naima.