“Las mañanas
de marzo se tiñeron de naranja, la brisa jugaba con mi cabello y las hojas de
los árboles se divertían dando vueltas y arrebatando el velo de verde de cada
arbusto. Cada día salía al mercado por
el pan, fruta y el queso que no podía faltar sobre la mesa, con semejante
multitud, Sonia, la cocinera, necesitaba ayuda y yo era el tributo a la calle
para realizar las compras.
Mi padre
en su estudio, hacía la lista para cobrar la renta. A nadie le gustaba la fecha
de pago. Para él, era su día preferido; sin embargo, no era el dinero que lo
ponía de buen humor, sino, que ese era el único día que podía saludar a los
diecisiete inquilinos con suma naturalidad. Mientras él realizaba los cobros,
yo recorría los pasillos, tratando de descubrir el misterio del pianista, y
aunque era muy temprano para ello, me rehusaba a la idea de renunciar… Han
pasado varios meses y sus notas aun suenan en mi cabeza. Unas cuantas noches, y
estaba enamorada de un fantasma, tanto que detestaba esa idea, pero caí en
cuenta que llamar amor a una melodía era válido para mí.
Eran las
dos de la tarde, mi padre estaba agotado, apenas llevaba la mitad de los
inquilinos, quise tomar su lugar pero era muy necio, siempre era de su placer
terminar la jornada. Había ciertas reglas de las que prefería cerciorarse
personalmente. No permitía familias dentro de la mansión, cada quien era
solitario de su historia, decía que este lugar era creado para personas que
vagaban solas y que se tenían así mismas. No era un refugio, era un nuevo
hogar, donde otros desconocidos se volvían tu familia, con distancia y poco de
reserva, pero el calor hogareño estaba aquí y era solo para ellos.
Arreglando
el jardín, me quedé dormida entre las flores, divinas y olorosas. Siempre iba
al centro de la ciudad a comprar ramos de flores porque me dolía tener que
arrancar las de mi apreciado jardín. La noche me había alcanzado, soñolienta
caminé hacia la casa, con las luces apagadas, todos estaban en sus cuartos, mi
cena estaba fría. Miré el reloj, eran las diez con treinta minutos. Fui a la
cocina, Sonia ya estaba en su alcoba. Visité la biblioteca de mi padre, estaba
sola. Recorrí cada libro, recordando las historias de autores muy poco
conocidos; me perfumé del olor a libros viejos y nuevos, cada personaje tintado
en letras me gritaba desesperadamente; hasta que encontré el libro de “Marina”
de Carlos Ruiz Zafón las voces dejaron de golpear de cabeza, empecé a leer
semejante ejemplar de bolsillo cuando al fondo del pasillo escuché aquella
melodía imposible de desconocer. El pianista fantasma, había vuelto. El libro
se me resbaló y mi corazón latía demasiado rápido, mi respiración se dificultó
un poco, me senté por un momento para deleitarme. Había vuelto.
Al cerrar
los ojos, reaccioné ¡Que idiota! ¿Qué estaba haciendo sentada? Salí de la
biblioteca, me dirigí al pasillo para saber de dónde provenía el recital, el
miedo a la oscuridad se había desvanecido ya hace varios meses. Sentí la casa
más enorme de lo normal. Busque entre las habitaciones solas, el ático, y en
las partes más solas de la casa. Hasta que recordé el piano del gran salón. Corrí
sin zapatos, para no ser escuchada, pero el silencio profundo de la noche me
delataba en mi más mínimo movimiento. Y lo encontré. Una silueta negra posaba
sobre el piano, asomé la vista al reloj, eran las once de la noche. Me quedé
helada, viendo como ese ser tocaba, y aunque no distinguía su rostro, no quería
interrumpir la sinfonía. Me apoyé en la pared, sin percatarme que había un
interruptor de energía. El gran salón se iluminó.
Me quedé
atónica. La música dejó de sonar… Por un momento se quedó de pie, observándome.
No supe que hacer, él salió corriendo hacía la cocina y yo me quedé ahí sin
aliento… Era real, no era un fantasma. Salí en su búsqueda, no había ningún
rastro de su presencia. El reloj marcó la media noche. Perpleja, fui a mi
habitación, me tumbé en la cama a pensar en lo que acababa de suceder, miré
hacía la ventana, la luna estaba en su mejor resplandor, nunca la había visto
tan hermosa, platiqué con ella toda la noche hasta quedar dormida, mi
pulgarcito ruidoso era real”
Continuará...
-Hablando sola