miércoles, 30 de abril de 2025

Era la casa de los abuelos.

"En la casa de los abuelos, todo es felicidad, los hijos, los nietos, y los primos, nos sentamos a la mesa, esperando el chocolate de la abuela, y la historia del abuelo..."

-Gabriela Hernández, 15 años de edad. 

No recuerdo la última vez que visité la casa de los abuelos, pero sí recuerdo como era antes, en aquellos días donde mi única preocupación era no ensuciar la ropa con chocolate, o correr entre árboles y no caerme por estar trepando cada uno de ellos; en esa época en que, mis primos eran traviesos, y molestaban a mis tías en cada momento, en las que todas cocinaban una parte de la cena, pero la abuela se encargaba del queso y el chocolate. Recuerdo visitar a mi abuelo en su taller, le gustaba la carpintería, me hizo un banqueta especialmente para mí, y para mi hermana figuras de madera. Le ayudaba a limpiar, y aunque terminaba haciendo más desorden, nunca me regañó... Su partida nos dejó a todos un vacío. Papá no puede hablar de él sin que la voz se quebrante, la familia cada vez es más fría, ya nadie se visita, ya nadie se extraña... 

La abuela, una madre que fomentaba el amor entre sus hermanos, y aunque sabia que habían peleas, siempre lograba que todos se sentaran en la mesa, hacía el mejor queso de la zona, era conocida por tener la mejor mano para la cocina, y enseñó a cada una de sus hijas. Trató a mi madre como una hija más, le enseñó parte de la vida, el deber de esposa, y aunque era de la vieja escuela, jamás trató mal a mi madre, siempre la consentía, le daba las mejores porciones, porque al fin y al cabo, no solo era su nuera favorita, sino una hija más. Sonreía en cada visita, mi hermana y yo, recorríamos la cocina para pellizcar un poco de chocolate, y aunque siempre nos atrapaba, nunca nos regañó. Sus ojos claros, tan hermosos como siempre, su cabello blanco y rizado, siempre portaba una peineta. La partida de su esposo la marcó, y aunque su enfermedad le hacía olvidar, cada recuerdo de golpe, la dañaba más. Lloraba y extrañaba en silencio... 

Muchos se distanciaron, bien dicen que ante la pérdida de un ser querido, la familia se une o se separa más... La casa dejó de ser la misma, ya no corrían los nietos, habían desconocidos en esa casa, se tomaron malas decisiones, quedando la madre de todos al cuidado de una mujer que buscó provecho de la situación ¿y la abuela? en su silla, esperando una visita conocida. 

…12 años han pasado, y mi abuela, una mujer resiliente, amorosa y a la vez necia, se había vuelto una niña, sus ojos color miel se estaban apagando, su piel estaba arrugada, y su voz era más suave... Su enfermedad había avanzado, la pérdida de memoria la llevó a olvidar a su esposo, a sus hijos... a sus nietos. La abuela se sienta sola en la mesa, nadie espera su chocolate, nadie quiere seguir llorando al abuelo, dolía recordar sus historias... Se avecinaba su partida, su esposo pide su compañía, la historia de su vida, ya había escrito el final.

Sus hijos buscaban verla, separados por su lado, cada quien quería pedir perdón, y ese, es el acto más egoísta que una persona puede hacer en el lecho de muerte de alguien. ¿Pedir perdón en el momento más vulnerable?... Una apreciación muy personal les diré. 

Visité la casa de los abuelos, y presentí que sería la última vez que entraría a ese lugar. El taller del abuelo ya no existe, los árboles ya no tienen esa frescura, la cocina tiene prohibido el paso... La abuela está en cama, apenas respira, su mirada está pérdida, y aun así... con mucha fuerza tomó mi mano...

"Abuela... no puedo decirle más que solo... gracias." 

Mis palabras no salían, mi lagrimas se descontrolaron. Mi papá estaba a mi lado, estaba desecho, su madre se estaba yendo, mi madre llorando porque se ha quedará sin "padres, porque para ella su suegra era su madre, ya muy dolorosa había sido la pérdida del abuelo, y ahora se esperaba afrontar la de ella. Agradecí a mi abuela por todo lo que pudo darme en mi vida, por las veces que me abrazó, por las que nunca me regañó, por las veces que se atascó a carcajadas conmigo... por todo aquello que la hizo, y me hizo feliz. 

Miré con tristeza la casa, ya no era la casa de los abuelos, era una residencia más, los animales estaban encerrados, los pasillos eran otros, el aroma a chocolate se había perdido, la mesa estaba vacía, vieja, y deteriorada... Me despedí no solo de mi abuela, sino de todo lo que implicaba estar cerca de ella.

"En la casa de los abuelos, todo era felicidad, los hijos, los nietos, y los primos, ya no se sientan en la misma mesa, nadie espera el chocolate de la abuela, y ya nadie recuerda la historia del abuelo..."

-Gabriela Hernández, 28 años de edad. 

lunes, 14 de abril de 2025

Las cartas de Naima - VII

El verano está a un paso de mi ventana, los primeros rayos de sol acarician mi rostro, buscando que despierte de este sueño que no se termina. Intento envolverme en las sábanas, pero es inútil, el sol me pide que salga, que inicie el día nuevamente. 

Dando vueltas por la habitación, mire mis chocolates preferidos, con el ánimo de comer uno... sentía que el día había llegado, sin embargo, tuve la sensación extraña de revisar el correo, estaba a la puerta... Una carta tuya se encuentra en el legajo de papeles ¿Qué promesas me harás esta vez? ¿Cuántos poemas me habrás escrito? ¿Me hablarás de tu vida? Casi siempre son anécdotas, pero nunca nada concreto. Siempre guardo cada una de tus cartas, aunque no lo parezca, me interesa tu vida. Antes de leer la último estelar, recordé ciertas cartas que marcaron nuestra vida, como la vez que me hiciste saber de tu matrimonio, estabas tan feliz, eras otra persona...

"Querida, Naima...

Hace años que somos grandes amigos, te conozco tanto como tú a mi. Esta vez, no te tengo ningún poema, ni tampoco vengo a contarte de mis aventuras...

Quiero expresarte que la vida me ha hecho muy dichoso, no tienes idea de la felicidad que estoy viviendo. ¡Me casaré, Naima! Tendrás que conocerla, es muy bella e inteligente, la mujer ideal, te agradará tanto. Tú y ella son parecidas, tienen mucho en común. Sin embargo... Sabes como soy, y los defectos que me componen. Tengo miedo, no quiero fallarle, me complementa tan bien.  Prometo ser todo aquello que haga bien, la haré feliz.

Pronto te veré para darte tu invitación.

Con cariño, Damián."

Sentí un extraño cosquilleo al recordar tus letras. Nuevamente me sentí feliz, aunque la invitación de tus nupcias nunca llegó, siempre recibí noticias de ti. Tiempo después conocí a Verónica -ahora esposa tuya-, tan vivaz, una ternura de persona, siempre tenía una historia que contar, y aunque no fuimos las mejores amigas como tú hubieses querido, nos teníamos cariño. Tan dulce desde la primera vez que hablé con ella. A veces quisiera saber cómo está, aunque ahora tus cartas hablen poco de ella, sé que la amas demasiado, te ha dado tanto amor, y al nuevo amor de tu vida, tu pequeña Isabela...

"Querida, Naima...

¿Adivina qué? Seré papá!, papá de una niña, sé que al leer estas letras compartirás la misma felicidad que yo, siempre te conté que quería ser padre, y ahora seré el mejor. En cuanto la nena nazca, tendrás que conocerla, sé que aunque no te gusten los niños, adorarás tanto a mi princesa. 

Quiero saber qué piensas, últimamente no respondes mis cartas... Sé que estás molesta porque ya no te visito tanto, pero quiero que sepas que siempre pienso en ti, y Verónica también me pregunta por ti. 

Te prometo que iré a visitarte, necesito de tu sabiduría... Te extraño, mi querida amiga.

Con cariño, Damián."

No tienes idea de cuanto amé a la pequeña Isabela, tiene tus ojos, tus grandes ojos café, esas pestañas largas, y esa coquetería que heredó de su padre. Tan divertida, graciosa e ingeniosa. Crecen tan rápido, ya casi por tener los 14 años, ya toda una adolescente, te dará dolores de cabeza, pero sé... Que haz disfrutado cada etapa de la paternidad. Siempre tan ocupado con ella...

"Querida, Naima...

Isabela dice que eres como una hada madrina, apareces como un milagro y cumples todos sus caprichos, aunque ella le llame "deseos". Te adora tanto. Gracias por los regalos de navidad, tu esposo nos visitó, dice que te encuentras mejor cada día... Todos queremos verte, aunque no lo creas, me siento feliz por ti, sigo sin creer que te hayas casado...

¿Te parece bien si vienes para fin de año? Realmente te extraño, convenceré a Ricardo que pueda traerte.

Con cariño, Damián."

Tus cartas se volvieron como un libro para mi... Amaba leer de tus aventuras, un poco de tu vida, un poco de todo, pero extrañaba que estemos juntos, porque solo estando cerca contamos nuestros secretos, me cuentas ese lado oscuro de tu vida, esa parte que nadie conoce. También tengo mucho que contarte, tanto por explicarte... Hasta que tu última carta llegó.

"Querida, Naima...

Me enteré hace poco, como lo siento... 

Estaré contigo al iniciar el verano. Necesito verte, estas cartas no son suficientes, sé que no te gustan mis visitas, pero esto es una excepción.

Con cariño, y mucho amor, Damián." 

No sé quién te lo habrá dicho, no le di la noticia a nadie. Detesto las visitas, detesto los pésames, como si les importase su ausencia... No saben nada... Alguien toca la puerta.

-¡Naima!

-¡Damián!

Una fuerte emoción me invadió el pecho, sentí que el corazón se salía de mi cuerpo. No podía creer, que luego de tanto tiempo estás ahora en mi puerta... No pude hacer más que lanzarme a tus brazos, sentir tu calor, tu aroma... Sentirme nuevamente segura.

-Naima, no has cambiado nada. Sigues siendo tú, tan cálida, tan cariñosa, tan...

-"Tan, tan, tan", puras palabras, ven sígueme abrazando.

- Tan cruel... Jajajaja -Extrañé tu risa-

Un silencio nos envolvió a mitad de la sala, retomando mi postura, tomaste de mis manos, me miraste a los ojos... Te acercaste tanto, que solo logré cerrar mis ojos... sentí tus labios en mi frente. Solo pude mirarte... 

-No me mires así, Naima. Si lo haces, sabes que no puedo controlarm... No me retes-. Era tan común coquetear, que a veces era sin intención. 

- ¿A qué se debe tu visita?

- ¿No leíste mi carta?

- Hace un momento la abrí, no creí que tu visita sería tan pronto. Siempre dices que vendrás, pasan las estaciones, y tus promesas solo se quedan en palabras muertas. 

- Se me olvidaba lo resentida que eres. -Con una expresión de picardía, tomaste uno de los chocolates de mi mesa de noche, siempre te llevas algunos aunque ni siquiera te gusta el chocolate, solo lo haces para molestar-.

- ¿Cómo está Verónica e Isabela? 

-Bien, ambas te mandan saludos. Isabela te extraña... Aunque nadie sabe que estoy por estos rumbos.

- ¿Cuándo veré a Isabela?

- ¿Cuándo irás tú a verla? -Era tan normal retarnos, tratar de controlar al otro constantemente- 

- Hace años que prefiero mantenerme alejada... ¡¿Qué pas...?! - Sentí tu cuerpo junto al mío, quisiste abrazarme... pero me estabas apretando, hasta que te soltaste y caíste a mis pies. 

Te recogí, e inmediatamente, te lleve a la habitación más cercana. De la emoción, no me di cuenta de lo diferente que estabas, aunque tus ojos tenían un brillo peculiar, te mirabas tan cansado, tus cabellos se habían teñido de blanco, y tu semblante ya no era el mismo. Sin embargo, siempre tenías esa presencia tan familiar para mi. Te mire con minuciosidad ¿Qué te habrá pasado, Damián?.

- Lamento... Lamento el espectáculo. He estado un poco enfermo. 

- ¿Un poco? -pregunté con sarcasmo.-

- Sí, un poco. - Respondió con firmeza.-

- Naima, lamento mucho lo de Ricardo... -¡Ah, sí!, era a eso a lo que venías- sé que no he sido el mejor de los amigos, y aunque quiero que sepas de mi apoyo, me siento feliz que ya no te sientas atada con nada ni con nad...

-¡Detente ahí! No de nuevo, no quiero que lo digas. -No lo hagas, no me digas lo que sientes, he tratado de retrasar este momento tanto tiempo...

-Nada ni nadie... ¿eh? No, Naima. Esta vez, no vine con esa intención. Solo necesitaba verte -Me limité a sonreír-, como sabrás, en esta ocasión, no fuiste muy precavida, te he dicho muchas veces que elijas bien a las personas -Su mirada se volvió tan oscura, detestaba esa mirada-, te he sacado muchas veces del hospital, como para vengas a hacer lo mismo. Verónica tiene miedo, y aunque no creo que sepa la verdad, sospecha que Isabela no viene de aquel orfanato que le hice creer. Te dije que me haría cargo de todo. ¡Maldita sea! ¿Por qué tuvo que heredar cosas de ti?... Maldigo esa noche, me aproveché de la depresión de mi esposa por perder a nuestra hija, que terminé quitándote a la pequeña Isabela. Todo fue por tu bien, estabas en shock, en ese hospital, no reaccionaste hasta años después... francamente creí que habías perdido la cabeza, creí que ya no estarías consciente de nuestra realidad. Solo quise borrar el recuerdo de ese imbécil que se aprovechó de ti. Rechazaste a Isabela en tantas ocasiones. ¿sabes? tiene tu misma sonrisa, tu misma locura... Tu maldita locura. Tengo miedo, tengo miedo que vuelvas a recaer... No quería hacer esto de nuevo, no me dejas otra opción. Pobre Ricardo, no podía creer que te habías casado con él, pobre deceso... ¿Lo desconociste nuevamente, verdad? Por eso arrasaste con él, tenías miedo que yo me encargara del problema, al menos, esta vez fuiste más dulce...

No podía con sus palabras, mi cuerpo estaba temblando, detesto recordar el pasado, he luchado por mantener solo nuestros buenos recuerdos ¿Por qué me haces esto? ¿No has visto lo leal que te he sido?. Mis ojos comenzaron a derramar lágrimas. Sentí como su manó tomaba mi brazo, sentí que no podía respirar... 

-Ya estoy cansado. -Tomaste mi cuerpo y acercándome a ti, me besaste la cabeza, y en un momento ya estabas llorando- ¡Déjame vivir...! Déjame cuidarte, déjame hacer todo por ti... Déjame vivir esto contigo.

-¡Basta! ¡Damián, basta! hemos tenido esta conversación tantas veces... Lo que pasó... lo que pasó... fue un accidente. 

- No.. No lo entiendes. Esto es diferente.. esto es...

Damián perdió el conocimiento, su cuerpo cayó al suelo, parecía dormido... ¿Por qué hasta en estos momentos te ves tan hermoso?. Damián, te equivocaste esta vez. En todos estos años, hemos luchado por no caer en tus labios, de no entregarnos, y quitar esta sensación de conocernos más allá, de no solo juguetear, de robarnos de vez en cuando un beso... Cuando nació Isabela, me llené de ira, era infeliz. Verónica es mejor madre que yo ¿Vale la pena decirle la verdad? Claro que no, ella es feliz en esa mentira, no quiero ser cruel, no quiero quedar como la villana, no quería que las cosas terminaran así, y aunque tú no recordarás, espero no ser sospechosa de tu desaparición. Lo que pasó, fue accidente, tal y como ahora... Sin embargo, estoy consciente que algunos accidentes no se pueden premeditar... ¿Te gustaron los chocolates?



-Hablando sola.