miércoles, 19 de agosto de 2020

Las cartas de Naima - II

 

“Dicen que las pesadillas son la muestra de nuestros temores más íntimos, y que los sueños el reflejo de nuestros deseos más oscuros. Algunas noches mis pensamientos recreaban pesadillas, querían despertar aquel insomnio que me acompañaba en cada episodio de mi vida. Sin razón de estar, se encontraba siempre a la espera de mi compañía.

La habitación estaba iluminada, un aroma a flores perfumaba el lugar y tu presencia estaba ahí sin faltar. Las paredes pintadas de blanco parecían un lienzo que esperaban ser teñidas de arte. El reloj marcaba las cinco de la tarde, hora en la que ayer podía sentir que estabas a mi lado. El tiempo estaba congelado y parecía que un día había pasado; sin embargo, ya hace dos años que tu cuerpo estaba enterrado. Boni aún te busca, cree que juegas a las escondidas; en las mañanas corre por el jardín esperando que salgas por ella para alimentarle, durante las tardes se la pasa frente a la puerta moviendo su cola, esperando tu llegada para jugar a la pelota, y en las noches me acompaña al pie de la cama, tratando de estar a mi lado cuando en medio de la penumbra de la noche despierto a gritos mencionando tu nombre, las pesadillas de tu muerte aún me persiguen. 

Pero anoche, el sueño fue distinto, no eran las pesadillas que acuchilladas despezaban mi cuerpo y al amanecer una frustración invadía mi mente más el cansancio del poco descanso que obtenía. Anoche soñé que escribías un poema para mí,  que entre tus versos me fuiste dibujando. El poema escrito en papel añejo, sobre el sobre tenía un sello de lacre marcando una rosa y tu inicial a un lado. Tus anécdotas contaban nuestra historia, mi silueta estaba en tus letras y cada palabra era un camino a un mar de emociones que estaban ansiosas de desbordarse en lágrimas. Esos relatos que eran solo nuestros, que compartías conmigo durante las noches antes de caer dormidos, esos relatos que a lo lejos solían traer una melodía incluida en la historia. Te sentí más cerca que nunca y un beso que se posó en mis labios, pude sentir tu calidez y la ternura que te caracterizaban cuando me contemplabas en la oscuridad de nuestra habitación.

Sin embargo, desperté a mitad de la noche, y el  poema no estaba en mis manos. Una tormenta visitaba la ciudad, entre relámpagos, pequeñas luces que entraban por la ventana interrumpieron mi descanso. Me pareció realmente tenerte a mi lado, pero una noche más estoy sola en mi cuarto.

He perdido al único ser que con admiración adoraba mis brutales virtudes y defectos, mis gustos extravagantes y el humor bizarro que me mantenía de buenos ánimos. Pero eras muy curioso, y esa noche en el sótano tu curiosidad te llevó a la muerte en mis brazos.  No olvidaré tu última mirada, el último suspiro, y tus últimas palabras  – Enferma. – Así te gustaba llamarme, porque no toleraste que en mis contenedores estuviera una parte de mis amores. De todo lo soñado que eras tenías el defecto de arruinar las sorpresas, pues esa noche encontraste tu contenedor, uno en especial con tu nombre tallado en el metal, pues ahí tendría lo que más me encantaba de ti… el cerebro que era mi cuenta cuentos, el poeta ideal.

La noche está cayendo y el perfume de las flores se está desvaneciendo, muy pronto llegará mi nuevo elemento, un amor de esos que conoces como sacados de un cuento. Boni corre por toda la casa, está contenta con el nuevo compañero de juegos; espero este no sea tan curioso porque le espera el fuego."




- Hablando sola.