En una noche fría, la luna buscaba a quien arrullar, escuchó
voces en una casa de madera, fuera de la ciudad y alejada de la comunicación
humana. Una casa perdida en un lugar oscuro. Entre sollozos, una joven está en
la esquina de la habitación, su cuerpo tiembla y apenas puede emitir su voz…
“Mi madre se ha ido, no se encuentra en ningún lugar de
la casa; nuevamente se ha marchado a sus andanzas. El perro ladra, mi padre ha
llegado. Al preguntar por ella, niego con mi cabeza sobre su presencia. Molesto
y sin ganas, arranca a comer sobre la mesa como un animal, la ira poco a poco
le dominan más. Veintisiete años de matrimonio habían acabado, con una
hija de por medio y un perro muy mal cuidado. A mi mala suerte era el retrato
de mi madre, la juventud me trazaba a su semejanza. Dibujé sus curvas y su
mirada coqueta. Sin embargo, mi carácter era distinto, distanciada y envuelta
en historias de fantasía, era poca para el contacto social. Mi habitación era
mi fuerte, lejos de todos.
Mi padre daba vueltas por el corredor, salía a la puerta
a esperar a mi madre, sin conseguir mayor cosa, regresaba por los pasillos
arañando las paredes y con lágrimas en los ojos… sabe perfectamente que su
bella esposa está en brazos de otro. Los cuadros familiares eran lanzados al
suelo, el vidrio hería sus manos, pero no sentía dolor alguno. El perro
ladraba, era el único que presentía la pesadilla de esa noche.
El reloj marcaba las ocho y entre murmullos y quejas, mi
padre se había dormido en el sofá. Chester
dejó de ladrar y el silencio invadió cada estancia del hogar. Sumergida en los
poemas de Edgar Allan Poe, esperaba al cuervo por las noches… un ave que nunca
llegó. Salí de mi habitación, y mi madre aún no llegaba, sin embargo por alguna
razón sabía que no volvería esta noche. Fui a su cuarto y un aroma a perfume me
dio la bienvenida, sus sábanas blancas y su ropa de seda estaban intactas.
Vagué por su habitación conversando con la nada, teniendo
mis viejos monólogos de una vida inventada. Vestí sus ropas y me bañé en perfume,
imaginé un nuevo personaje, Adelina la desdichada. Entre risas de chistes sin
sentido, las paredes disfrutaron el acto, caí en la blancura de la cama y sin
darme cuenta el sueño me había visitado.”
En medio de la noche, la cabeza de la familia se había despertado.
Acarició al perro, y marchó a su habitación. La luz del cuarto de su esposa
estaba apagada, era señal que aún no había regresado. Abrió la puerta para dar
las buenas noches a la oscuridad del recuerdo de su amada. Al observar, una
silueta se dibujaba en la cama, el perfume de su esposa se había impregnado, el
furor estaba regresando pero el deseo de su cuerpo se ha fusionado.
“Un hombre turbó mi sueño, en un salto de miedo lo alejo
de mi cuerpo ¿Papá, qué le haces a tu pequeña? Perdido y sin razón, no hizo
caso a mi voz. Con fuerza bruta era su presa, repetía el nombre de mi madre con
lujuria y furor. Mis uñas rasgaron su piel, y sus manos rasgaron mis ropas… A
lo lejos el perro ladraba con desesperación, su dueña estaba siendo turbada.
Entre la desesperación, la agonía y el miedo, logré
soltarme; corrí por el pasillo pero logró alcanzarme, grité con desesperación,
mis manos arrebataban todo lo que podían sostener, sin mucho éxito era
arrastrada de nuevo a la habitación. Me lanzó a la oscuridad del cuarto, y escuché como se desvestía, con terror en
mi cuerpo busqué algo con lo cual defenderme. En la mesa de noche, estaban las
tijeras de costura de mamá… Mi padre se abalanzó sobre mí, las tijeras se
insertaron en mi pierna y en el estómago de papá, dejé salir un aullido.
Al sentir el metal frio en su cuerpo y la humedad de la
sangre, mi padre se levantó con rapidez y dolor, golpeando contra la pared,
encendió la luz, pálido y confuso observó mi cuerpo bañado en sangre y las
sabanas teñidas de rojo. Se dejó caer al suelo, y en susurros se preguntaba qué
había hecho... tocó su torso y observó la sangre que salía de su cuerpo… Era
demasiada. Rasgué las sabanas y vendé mi herida, me senté en la
esquina de la habitación, sollozando y temblando, miré a mi padre herido y
quedando si fuerza, la herida fue letal… observé hasta que se tumbó en el
suelo, sin aliento y sin sangre.
Una sonrisa se dibujó en mis labios, Chester dejó de
ladrar, y mi madre entró a la habitación.
- --‘Debiste
llegar antes, las tijeras no fueron fáciles de encontrar, la mesa de noche no
era el lugar acordado’--
Observamos el cuerpo de papá durante unos minutos, era
hora de ir a descansar.”
La noche dejó de buscar, las voces dejaron se dejaron de
escuchar; alguien duerme plácidamente que no es necesaria otra historia que
contar.