En la
oscuridad de la noche, mi madre reposó en mi habitación. Me tomó entre sus
brazos, como cuando ave protege a su cría… Con tono suave se acercó hasta mi
oído:
- - ¿Por qué ya no me quieres,
hija?
- -Mamá… Sí la quiero… -
respondí soñolienta.
- -No, tú ya no me quieres…
Dame cariño como lo hacías antes, como cuando jugabas conmigo, y tu risa era mi
risa.
Mi
silencio se hizo presente y ella me acompañó. Había olvidado lo que era ser
cariñosa con ella, había olvidado esos días en los que solo vivía mi infancia
sin importar lo que sucedía, sin entrar a la maldición de estar en el momento
menos indicado. Cuando creía que la familia lo era todo, y que nunca me harían
daño porque me amaban, porque era parte de ella… Era curioso, nunca me sentí
parte de ese círculo. Mi mente estaba bloqueada, y el cansancio del día me
obligaba me impedía recordar, deseaba descansar.
La mañana
siguiente, ella ya no estaba. Dejando el café servido, el pan tostado sobre la
mesa, había salido a sus habituales aventuras. Mi hermana se alistaba para ir a
la iglesia; y yo… reuniendo las ganas para mis labores.
Cada
sábado por la mañana me bañaban en sermones del por qué había dejado de asistir
a la iglesia. Cada sábado por la mañana respondía lo mismo “Tengo cosas que
hacer” y sin más explicación arreglaba las cosas de la casa y luego salía en
marcha. Mi hermana me observaba con unos ojos que destilaban tristeza. Mi padre
no me dirigía la palabra y cuando mi madre estaba en casa, solo eran gritos,
reclamos y malos entendidos.
Entre las
distintas clases de discusiones, había notado la cercanía de mi madre hacia mi
papá, eso no era normal. Los dejé ser. Con el paso de las semanas descubrí el truco
de esas caricias de esposa, esos chistes sin sentido para entrar en conversación
con mi papá… Ella buscaba una salida económica para irse del país, y la única persona
segura que podía darlo, era él.
¡Ay, que
ingenuos! Si supiera que ella aún sigue viendo su amante, si supiera que él ya
está haciendo otra vida… Si ambos supieran que lo sé todo. Juegan a saber quién
más listo, el más astuto y el que no las lleva de perder.
Paso como
fantasma dentro de esta casa, mis mascotas ya no me saludan, se quedan dormidas
cuando aparezco luego de un día largo, y en la mañana solo piden agua y salen a
sacudir sus melenas. Cada noche subo a mi habitación, sin mayor sonido, la
puerta se cierra lentamente. Me sumerjo entre mis letras y mis cuentos; la luna
busca una nueva historia, y cada semana trato de darle una buena. Me mira con
cierta cautela, mis historias no le son suficientes… No entiende que a veces
uno escribe para sí mismo.
Me
desvelo entre noches de papel, creando algo bueno. He perdido el toque de
escribir; aun así es mi única forma de salir de la realidad que me persigue,
las letras se quedan con mis tristezas y hacen eterno mi enamoramiento.
Aniquilan los nudos de mi garganta y cuando leo mis escritos, me enseñan el
recorrido que llevo. Hace que el peso de una desgracia de familia como la mía,
sea liviano.
El día se
ha acabado, el café sigue en la mesa, frío y sin dueño…
- Hablando sola