viernes, 27 de marzo de 2020

Melodía de media noche - III


“Las mañanas de marzo se tiñeron de naranja, la brisa jugaba con mi cabello y las hojas de los árboles se divertían dando vueltas y arrebatando el velo de verde de cada arbusto.  Cada día salía al mercado por el pan, fruta y el queso que no podía faltar sobre la mesa, con semejante multitud, Sonia, la cocinera, necesitaba ayuda y yo era el tributo a la calle para realizar las compras.

Mi padre en su estudio, hacía la lista para cobrar la renta. A nadie le gustaba la fecha de pago. Para él, era su día preferido; sin embargo, no era el dinero que lo ponía de buen humor, sino, que ese era el único día que podía saludar a los diecisiete inquilinos con suma naturalidad. Mientras él realizaba los cobros, yo recorría los pasillos, tratando de descubrir el misterio del pianista, y aunque era muy temprano para ello, me rehusaba a la idea de renunciar… Han pasado varios meses y sus notas aun suenan en mi cabeza. Unas cuantas noches, y estaba enamorada de un fantasma, tanto que detestaba esa idea, pero caí en cuenta que llamar amor a una melodía era válido para mí.

Eran las dos de la tarde, mi padre estaba agotado, apenas llevaba la mitad de los inquilinos, quise tomar su lugar pero era muy necio, siempre era de su placer terminar la jornada. Había ciertas reglas de las que prefería cerciorarse personalmente. No permitía familias dentro de la mansión, cada quien era solitario de su historia, decía que este lugar era creado para personas que vagaban solas y que se tenían así mismas. No era un refugio, era un nuevo hogar, donde otros desconocidos se volvían tu familia, con distancia y poco de reserva, pero el calor hogareño estaba aquí y era solo para ellos.

Arreglando el jardín, me quedé dormida entre las flores, divinas y olorosas. Siempre iba al centro de la ciudad a comprar ramos de flores porque me dolía tener que arrancar las de mi apreciado jardín. La noche me había alcanzado, soñolienta caminé hacia la casa, con las luces apagadas, todos estaban en sus cuartos, mi cena estaba fría. Miré el reloj, eran las diez con treinta minutos. Fui a la cocina, Sonia ya estaba en su alcoba. Visité la biblioteca de mi padre, estaba sola. Recorrí cada libro, recordando las historias de autores muy poco conocidos; me perfumé del olor a libros viejos y nuevos, cada personaje tintado en letras me gritaba desesperadamente; hasta que encontré el libro de “Marina” de Carlos Ruiz Zafón las voces dejaron de golpear de cabeza, empecé a leer semejante ejemplar de bolsillo cuando al fondo del pasillo escuché aquella melodía imposible de desconocer. El pianista fantasma, había vuelto. El libro se me resbaló y mi corazón latía demasiado rápido, mi respiración se dificultó un poco, me senté por un momento para deleitarme. Había vuelto.

Al cerrar los ojos, reaccioné ¡Que idiota! ¿Qué estaba haciendo sentada? Salí de la biblioteca, me dirigí al pasillo para saber de dónde provenía el recital, el miedo a la oscuridad se había desvanecido ya hace varios meses. Sentí la casa más enorme de lo normal. Busque entre las habitaciones solas, el ático, y en las partes más solas de la casa. Hasta que recordé el piano del gran salón. Corrí sin zapatos, para no ser escuchada, pero el silencio profundo de la noche me delataba en mi más mínimo movimiento. Y lo encontré. Una silueta negra posaba sobre el piano, asomé la vista al reloj, eran las once de la noche. Me quedé helada, viendo como ese ser tocaba, y aunque no distinguía su rostro, no quería interrumpir la sinfonía. Me apoyé en la pared, sin percatarme que había un interruptor de energía. El gran salón se iluminó.

Me quedé atónica. La música dejó de sonar… Por un momento se quedó de pie, observándome. No supe que hacer, él salió corriendo hacía la cocina y yo me quedé ahí sin aliento… Era real, no era un fantasma. Salí en su búsqueda, no había ningún rastro de su presencia. El reloj marcó la media noche. Perpleja, fui a mi habitación, me tumbé en la cama a pensar en lo que acababa de suceder, miré hacía la ventana, la luna estaba en su mejor resplandor, nunca la había visto tan hermosa, platiqué con ella toda la noche hasta quedar dormida, mi pulgarcito ruidoso era real”



Continuará...

-Hablando sola

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