“El despertador sonó a las seis de la mañana, el desvelo me robó energías. Mi padre aún no se levantaba. Esperaba las murmuras de todos a la hora del desayuno, estaba lista a sus preguntas y que reconocieran que no estaba equivocada.
Bajé a la cocina, el olor a chocolate y café perfumaron la habitación. Sonia había dejado todo listo, se había marchado temprano, era su día de descanso. Los inquilinos bajaron poco a poco, unos llevándose su desayuno y otros preferían degustar de ello en el comedor. Tostadas recién hechas, cereales y fruta, por primera vez estaba a gusto con el desayuno. Saludé a la señora Juliette, se le notaba con cansancio pero siempre me otorgaba una sonrisa. El inquilino de la habitación cinco, el joven Tomás quien siempre me sonrojaba con tan solo lanzarme una mirada, nunca desayunaba en casa, cogía una manzana y se iba en rumbo de una aventura, o al menos era lo que yo podía maquinar. El trío de burlones de los señores Chiriatti, Dumas y Linares, tres viejos con una amistad de años que se habían reencontraron en esta mansión, sus habitaciones estaban juntas, mi padre las acomodó a propósito. 13, 14 y 15 eran sus cuartos, se mandaban aviones de papel durante el descanso de la tarde. Les encantaban las tostadas con jalea de fresa, un chocolate bien preparado y maní como postre. Todos los inquilinos desayunaron, Dumas con más hambre que los demás, sin mucho comentario cada quien fue a sus labores. Nadie dijo nada sobre el recital de anoche
Mi padre bajó con una hora de retraso. La fatiga estaba dibujado en su rostro, parecía que no había tenido un buen descanso anoche, quizá escuchó el escándalo que había causado, el recital del pianista y mi conversación con la luna.
- - Papá, disculpa el estruendo de anoche
- - ¿De qué hablas, Lucyla? – Así me llamaba mi padre “Lucyla” de cariño.
- - Es que no has dormido bien, y quizá se deba al ruido de anoche.
- - No escuché nada, de hecho tuve un buen descanso. Es solo que he estado pensado en Luz de María.
- - ¿La inquilina del cuarto 19?
- - Sí, lleva dos meses dejando el pago de la renta en mi biblioteca. Ella no sale mucho, y si lo hace, es cautelosa, sin embargo, el día de pago le puedo saludar tranquilo.-
- Es la más reservada de todos, papá. Es entendible que se comporte así, además hasta para comer es así, siempre le dejamos sus alimentos a la orilla de la puerta.
- - Tienes razón, Lucy. Bueno, es hora de comer, ¿Dónde están mis tostadas?...
- - Lo siento, Don Arnoldo. Me comí las que habían. – Respondió Dumas con media tostada en la boca. Mi padre se limitó a reírse y fue en busca de algo más a la cocina.
Nadie dijo nada, al parecer nadie había escuchado ni un solo ruido. No estaba segura si fue mi imaginación quien habría creado todo ese espectáculo; pero mi mente tenía grabado su rostro, ojos negros azabache, su cabello era negro, lo tenía un poco largo hasta cubrir sus orejas, su color de piel era demasiado pálida para mi gusto, creo haberle visto ponerse rojo de la impresión; estatura promedio, vestía con camisa blanca, pantalones negros y una capa azulada. Su figura queda registrada para el siguiente encuentro.
Llegaron las diez de la mañana, las paredes de la casa se volvían pequeñas, los cuadros parecían tomar vida, y las flores aromatizaban la estancia. Una ligera brisa entró, acariciando mi piel y matando mi pequeño ataque de ansiedad. Por un momento sentí que estaba sola en casa. Recorrí los pasillos, un silencio profundo se apoderó de todo el lugar, no habría rastro de nadie.
Recordé las habitaciones vacías, en la número 21 tenía guardada una caja de madera, donde resguardaba las cosas más preciadas que tenía, cartas y fotografías, envoltorios, unas medallas y bolsas de regalo. Las otras seis habitaciones, se mantenían con llave hasta que llegara un nuevo huésped. Vagué entre los cuartos, hasta encontrar a la señora Felicia. Una mujer vivaz de treinta años que más de alguna vez trató de seducir a mi padre; sin embargo, a mi padre no le atraían las morenas y rechazaba cada intento de coqueteo, o al menos eso me hacía creer. Una noche de agosto de dos mil dieciocho los encontré en la biblioteca, sus cuerpos se aferraban en la alfombra, saboreaban la piel del otro, sus ropas estaban por toda la habitación, y mis obras lanzadas al basurero, pues su primer acto parecía haber sido en el escritorio; ninguno de los dos se percató de mí, a la fecha no saben que tengo conocimiento de ese encuentro. Era de las tantas veces que fui perturbada.
Continuará...
- Hablando sola
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