viernes, 6 de marzo de 2020

La casa de los abuelos.


“En la casa de mis abuelos soy feliz, corro tras las gallinas y juego con los perros, corto frutas y sirvo a todos. Todas sonríen, esperan la comida de la abuela y la historia del abuelo”

-Gabriela Hernández, 7 años de edad

…Había olvidado lo que era volver a mis raíces de la infancia. Me encaminé en un mar de recuerdos que me golpeaban la memoria intentando retomar las viejas épocas doradas en las que era feliz por creer en una gran familia unida, en el cuál ni la distancia harían que nos enfriáramos; entre visitas se reconfortaban las almas desgastadas por el tiempo en lejanía, y las buenas historias nunca hacían falta.

La casa de los abuelos era un punto de encuentro, llegando de casi cada departamento  del país un hijo a visitar a sus adorados padres. La abuela, una mujer excepcional, como madre, adoraba a cada uno de sus diecisiete hijos, a todos les entregó amor, enseñaba con firmeza, tenía compasión, era la esposa ideal. Sus ojos color miel encantaban a su esposo día a día. El abuelo con una dureza de machismo que no se borraba con nada, era un padre fuerte y sus hijos le guardaban respeto, un hombre sabio que supo educar a sus hijos; les enseñó que la familia siempre es primero, independientemente qué problema existe, a ellos eran los únicos a los que no se les debe dar la espalda.

Los días festivos habían sido muy alegres, los tíos, los primos, los nietos, todos disfrutando. Las nueras y las hermanas en la cocina, armando un banquete esplendido y exquisito. Era una niña que disfrutaba la visita a la casa de los abuelos… El lugar estaba repleto de árboles, cada sitio era un escondite perfecto. La frescura era la parte más relajante del día, miles de juegos se podían crear con solo caminar durante todo el lugar. Las mejores frutas crecían ahí, y siempre volvía a casa con un cesto grande lleno de ellas. Durante las noches, el terror se asomaba por las ventanas, pues en semejante terreno no se lograba distinguir el camino, ni a los animales o las personas que se encontraban respirando un poco de aire fresco. Una casa con olor a chocolate artesanal y canela. Las herramientas del abuelo que permanecían en su taller, siempre me daba permiso de utilizarlas, aun cuando solo quería clavar un clavo enorme en una madera tirada e inservible, sin embargo, para mi esa era una gran obra y mi abuelo reconocía el trabajo bien hecho. Nunca entablé una conversación con él por más de diez minutos, siempre estaba con su café, alimentando a los perros o buscando a las gallinas para llevarlas a dormir. Nunca descansaba lo suficiente.

 Los años fueron pasando y las cosas fueron cambiando. A la muerte del abuelo, la familia se distanció, comenzaron los problemas y las discusiones de una herencia en la que mi abuelo había heredado a cuatro de sus diecisiete hijos; mi abuela con alzheimer mantenía la imagen de una familia querida, en la que todos se alegraban y volvían a esas tardes de anécdotas, comentando sus travesuras o aventuras. Durante el funeral de mi abuelo, por su enfermedad, ella no recordaba a quien se enterraba; y cuando por un segundo la memoria le servía, se echaba a llorar como una niña, amaba a su esposo, era su mejor amigo y el amor de su vida. Mi padre estaba destrozado y mi madre lloraba desconsoladamente, le había querido tanto que para ella mi abuelo había sido como un padre; un verdadero padre que no la abandonó y que cuando más lo necesitó, ahí estuvo él. Su muerte marcó muchas vidas.

Han pasado siete años, mi abuela dejó de visitar el cementerio, dice que para ella mi abuelo sigue en su casa, en su corazón y al lado de su cama. Cuando olvidaba su muerte le buscaba por todos lados, en el taller que dejó de existir, en los alrededores de la casa, entre los arboles por si él estaba cortando sus  frutas favoritas; pero cuando reaccionaba sobre ausencia, regresaba triste a su silla, a llorar entre risas porque siempre cuenta lo feliz que fue en sus sesenta y cuatro años de matrimonio. Aprendió a vivir con su recuerdo.

La casa ha cambiado, hay nuevas habitaciones, nuevos inquilinos, desconocidos en su mayoría; mi abuela se pasea en la casa buscando con quien hablar, al no encontrar a nadie, se sienta en una silla de madera a salida del pórtico de la gran casona, respira un poco de aire fresco, y aunque su vista se está nublando, se deleita con la despedida del sol. Los arboles ya no dan buenos frutos. La construcción de nuevos espacios estaba acabando con la flora del lugar. Triste y lúgubre era la energía que emanaba ese lugar. Uno de los hijos se adueñó poco a poco de los terrenos, a excepción del que tiene a su propiedad mi padre, ese está ahí abandonado y con la maleza en alto, mi padre dice que nunca lo vendería a su hermano… Le odia demasiado. Nadie puede ver a la abuela sin su permiso, su hija maneja todas las cuentas. Mi padre llora de rabia cuando no puede ver su mamá y los demás son tan cobardes como para no hacer nada. Las disputas económicas y el status social pudieron con todos…

“En la casa de mis abuelos fui feliz, corrí tras las gallinas y jugué con los perros, corté frutas y serví a todos. Todos alguna vez sonrieron, y esperaban la comida de la abuela y la historia del abuelo”
-Gabriela Hernández, 23 años de edad




- Hablando sola.

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