“En la casa de mis abuelos soy
feliz, corro tras las gallinas y juego con los perros, corto frutas y sirvo a
todos. Todas sonríen, esperan la comida de la abuela y la historia del abuelo”
-Gabriela Hernández, 7 años
de edad
…Había olvidado lo que era
volver a mis raíces de la infancia. Me encaminé en un mar de recuerdos que me
golpeaban la memoria intentando retomar las viejas épocas doradas en las que
era feliz por creer en una gran familia unida, en el cuál ni la distancia harían
que nos enfriáramos; entre visitas se reconfortaban las almas desgastadas por
el tiempo en lejanía, y las buenas historias nunca hacían falta.
La casa de los abuelos era
un punto de encuentro, llegando de casi cada departamento del país un hijo a visitar a sus adorados
padres. La abuela, una mujer excepcional, como madre, adoraba a cada uno de sus
diecisiete hijos, a todos les entregó amor, enseñaba con firmeza, tenía
compasión, era la esposa ideal. Sus ojos color miel encantaban a su esposo día
a día. El abuelo con una dureza de machismo que no se borraba con nada, era un
padre fuerte y sus hijos le guardaban respeto, un hombre sabio que supo educar
a sus hijos; les enseñó que la familia siempre es primero, independientemente
qué problema existe, a ellos eran los únicos a los que no se les debe dar la
espalda.
Los días festivos habían
sido muy alegres, los tíos, los primos, los nietos, todos disfrutando. Las
nueras y las hermanas en la cocina, armando un banquete esplendido y exquisito.
Era una niña que disfrutaba la visita a la casa de los abuelos… El lugar estaba
repleto de árboles, cada sitio era un escondite perfecto. La frescura era la
parte más relajante del día, miles de juegos se podían crear con solo caminar
durante todo el lugar. Las mejores frutas crecían ahí, y siempre volvía a casa
con un cesto grande lleno de ellas. Durante las noches, el terror se asomaba
por las ventanas, pues en semejante terreno no se lograba distinguir el camino,
ni a los animales o las personas que se encontraban respirando un poco de aire
fresco. Una casa con olor a chocolate artesanal y canela. Las herramientas del
abuelo que permanecían en su taller, siempre me daba permiso de utilizarlas,
aun cuando solo quería clavar un clavo enorme en una madera tirada e
inservible, sin embargo, para mi esa era una gran obra y mi abuelo reconocía el
trabajo bien hecho. Nunca entablé una conversación con él por más de diez
minutos, siempre estaba con su café, alimentando a los perros o buscando a las
gallinas para llevarlas a dormir. Nunca descansaba lo suficiente.
Los años fueron pasando y las cosas fueron
cambiando. A la muerte del abuelo, la familia se distanció, comenzaron los
problemas y las discusiones de una herencia en la que mi abuelo había heredado
a cuatro de sus diecisiete hijos; mi abuela con alzheimer
mantenía la imagen de una familia querida, en la que todos se alegraban y
volvían a esas tardes de anécdotas, comentando sus travesuras o aventuras.
Durante el funeral de mi abuelo, por su enfermedad, ella no recordaba a quien
se enterraba; y cuando por un segundo la memoria le servía, se echaba a llorar
como una niña, amaba a su esposo, era su mejor amigo y el amor de su vida. Mi
padre estaba destrozado y mi madre lloraba desconsoladamente, le había querido
tanto que para ella mi abuelo había sido como un padre; un verdadero padre que
no la abandonó y que cuando más lo necesitó, ahí estuvo él. Su muerte marcó
muchas vidas.
Han
pasado siete años, mi abuela dejó de visitar el cementerio, dice que para ella
mi abuelo sigue en su casa, en su corazón y al lado de su cama. Cuando olvidaba
su muerte le buscaba por todos lados, en el taller que dejó de existir, en los
alrededores de la casa, entre los arboles por si él estaba cortando sus frutas favoritas; pero cuando reaccionaba
sobre ausencia, regresaba triste a su silla, a llorar entre risas porque
siempre cuenta lo feliz que fue en sus sesenta y cuatro años de matrimonio.
Aprendió a vivir con su recuerdo.
La
casa ha cambiado, hay nuevas habitaciones, nuevos inquilinos, desconocidos en
su mayoría; mi abuela se pasea en la casa buscando con quien hablar, al no
encontrar a nadie, se sienta en una silla de madera a salida del pórtico de la
gran casona, respira un poco de aire fresco, y aunque su vista se está
nublando, se deleita con la despedida del sol. Los arboles ya no dan buenos
frutos. La construcción de nuevos espacios estaba acabando con la flora del
lugar. Triste y lúgubre era la energía que emanaba ese lugar. Uno de los hijos
se adueñó poco a poco de los terrenos, a excepción del que tiene a su propiedad
mi padre, ese está ahí abandonado y con la maleza en alto, mi padre dice que
nunca lo vendería a su hermano… Le odia demasiado. Nadie puede ver a la abuela
sin su permiso, su hija maneja todas las cuentas. Mi padre llora de rabia
cuando no puede ver su mamá y los demás son tan cobardes como para no hacer
nada. Las disputas económicas y el status social pudieron con todos…
“En la casa de mis abuelos fui
feliz, corrí tras las gallinas y jugué con los perros, corté frutas y serví a
todos. Todos alguna vez sonrieron, y esperaban la comida de la abuela y la
historia del abuelo”
-Gabriela Hernández, 23 años
de edad
- Hablando sola.
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