La lluvia de junio jugaba entre las calles de la ciudad, subiendo a los
tejados a bailar una danza espectacular, las luces de los relámpagos iluminaban
todo el lugar. La luna como fiel compañera, estaba a la ventana, esperando mi
compañía, para contarle las pequeñas anécdotas de mi vida…
Los veinticinco años de mí hermana no estaban marcados en su cuerpo ni en
su mente, parecía una niña de siete años, quien en cada cumpleaños pedía un
pastel de helado; era la pequeña de la casa aun siendo la hermana mayor, sin
querer le había quitado el título y le otorgué el de la hermana menor. Era la niña que dibujaba garabatos, que al
final de la tarde se convertía en una obra de arte. Todas las paredes eran su
lienzo. Le teme a las tormentas, junio no es su mes favorito, las lluvias
comienzan y los truenos le causan nervios, detesta los días lluviosos porque no
puede jugar tranquila, porque pasa sus días entre historietas, dibujos, y
viejos video juegos de los años noventa.
Nuestros padres saben que no nos criaron igual, aunque tengamos una mínima
diferencia de un año de edad, el trato fue diferente. Ella tan inocente, tan
tierna y tan infantil; y yo tan amargada, suelta, y con carácter, vivía el
estrés del hogar que ambas debimos compartir… Quizá suene egoísta, pero merecía
llevar la carga con alguien.
Durante los años del colegio siempre me sentí sola, y cuando creía que
alguien estaba para escuchar los dolores que tenía, me equivocaba en muchas
ocasiones. En mi soledad aprendí a herirme y torturarme constantemente, y los
demás colaboraban ese avance. Tuve traumas como cualquier adolescente, y que al
final cobraron muy bien su factura. ¿Y mi hermana? Nunca la dejé caer, nunca
permití que sufriera un poco, ni que se sintiera sola en casa… Cuando se
quedaba sin dinero por comprar juguetes inútiles, le entregaba todo para que
pudiera comer, así fueron nuestros años de colegio, ella nunca supo de los
pequeños sacrificios, los cuales al final no merecían tal título.
Quería tenerle fe, pero su poca importancia por ser independiente era poca,
y su bajo rendimiento académico no le permitía desenvolverse correctamente;
buscando su vocación ideal, había recorrido tres carreras sin terminar. Sabía
que su final era estar a los pies de mamá. Mi padre le miraba con decepción,
pero no dejaba de ser su pequeña. A pesar de las fallas, ella era a la que se
debían cuidar.
Los recuerdos a nuestras tardes de juego eran encantadoras, hasta que yo
dejé las muñecas y me envolví de un humor extraño y bizarro, del cual con pocos
podía compartir. Cuando me dí cuenta que podía perturbar a las personas
consideraba el hecho de guardar esos gustos cómicos en un cajón, siempre fui
educada y preguntaba antes para no causar incomodidad, una negativa me bastaba
para no mostrar más.
La historia no ha cambiado con el paso de los años, ella con veinticinco
años seguía siendo la “menor” y yo llegando a los veinticuatro años seguía
cumpliendo un papel de hermana mayor. A la fecha mis logros nunca han sido
celebrados, no quieren que mi hermana sienta mal. Y cuando ella tiene un
pequeño éxito celebran sin cesar.
Mañana es 19 de junio, mi hermana quiere un pastel de helado. No, no es su
cumpleaños, es el mío.
- - Hablando sola
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