jueves, 18 de junio de 2020

Pequeñas sombras


La lluvia de junio jugaba entre las calles de la ciudad, subiendo a los tejados a bailar una danza espectacular, las luces de los relámpagos iluminaban todo el lugar. La luna como fiel compañera, estaba a la ventana, esperando mi compañía, para contarle las pequeñas anécdotas de mi vida…

Los veinticinco años de mí hermana no estaban marcados en su cuerpo ni en su mente, parecía una niña de siete años, quien en cada cumpleaños pedía un pastel de helado; era la pequeña de la casa aun siendo la hermana mayor, sin querer le había quitado el título y le otorgué el de la hermana menor.  Era la niña que dibujaba garabatos, que al final de la tarde se convertía en una obra de arte. Todas las paredes eran su lienzo. Le teme a las tormentas, junio no es su mes favorito, las lluvias comienzan y los truenos le causan nervios, detesta los días lluviosos porque no puede jugar tranquila, porque pasa sus días entre historietas, dibujos, y viejos video juegos de los años noventa.

Nuestros padres saben que no nos criaron igual, aunque tengamos una mínima diferencia de un año de edad, el trato fue diferente. Ella tan inocente, tan tierna y tan infantil; y yo tan amargada, suelta, y con carácter, vivía el estrés del hogar que ambas debimos compartir… Quizá suene egoísta, pero merecía llevar la carga con alguien.

Durante los años del colegio siempre me sentí sola, y cuando creía que alguien estaba para escuchar los dolores que tenía, me equivocaba en muchas ocasiones. En mi soledad aprendí a herirme y torturarme constantemente, y los demás colaboraban ese avance. Tuve traumas como cualquier adolescente, y que al final cobraron muy bien su factura. ¿Y mi hermana? Nunca la dejé caer, nunca permití que sufriera un poco, ni que se sintiera sola en casa… Cuando se quedaba sin dinero por comprar juguetes inútiles, le entregaba todo para que pudiera comer, así fueron nuestros años de colegio, ella nunca supo de los pequeños sacrificios, los cuales al final no merecían tal título.

Quería tenerle fe, pero su poca importancia por ser independiente era poca, y su bajo rendimiento académico no le permitía desenvolverse correctamente; buscando su vocación ideal, había recorrido tres carreras sin terminar. Sabía que su final era estar a los pies de mamá. Mi padre le miraba con decepción, pero no dejaba de ser su pequeña. A pesar de las fallas, ella era a la que se debían cuidar.

Los recuerdos a nuestras tardes de juego eran encantadoras, hasta que yo dejé las muñecas y me envolví de un humor extraño y bizarro, del cual con pocos podía compartir. Cuando me dí cuenta que podía perturbar a las personas consideraba el hecho de guardar esos gustos cómicos en un cajón, siempre fui educada y preguntaba antes para no causar incomodidad, una negativa me bastaba para no mostrar más.

La historia no ha cambiado con el paso de los años, ella con veinticinco años seguía siendo la “menor” y yo llegando a los veinticuatro años seguía cumpliendo un papel de hermana mayor. A la fecha mis logros nunca han sido celebrados, no quieren que mi hermana sienta mal. Y cuando ella tiene un pequeño éxito celebran sin cesar.

Mañana es 19 de junio, mi hermana quiere un pastel de helado. No, no es su cumpleaños, es el mío.



-          - Hablando sola

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