“Han pasado ocho largos años desde que dejé el colegio. Recuerdo el último año, mientras yo esperaba entrar a la universidad, tú estabas a medias con el curso, a pesar de haber comenzado el colegio juntos, terminé por salir un año antes que tú. Los recuerdos aún estaban intactos.
Unos años después, te encontré en el supermercado, con tu
camisa de botones negra y una blanca en su interior, mangas recogidas y pantalones azules. Siempre tuviste una forma peculiar de vestirte, a veces tan común y otras
no tanto. Te gustaban las corbatas pero solo las utilizabas en la iglesia, tan
fiel a una creencia que no tenía base, nunca discutí contigo sobre religión,
pero sí sobre ciencia, un poco de política y economía. Eras tan severo con tus principios, y aun así acabaste rompiendo cada uno de ellos. Te aprendí a conocer tan bien, que
incluso logré distinguir tu sarcasmo tan penetrado en tu actitud y cuando eras
al natural, tan real y sensible. Te conocí en tu fragilidad y en tu fuerza,
nadie te había puesto más atención que yo. No hablamos demasiado, quince
minutos bastaron para ponernos al día, intercambiando números, no volví a verte
en un buen tiempo, y tampoco nos escribimos.
Fielmente esperaba tu fecha de cumpleaños, cada
siete de junio enviaba un mensaje de felicitación, año tras año, no obtenía
respuesta alguna, aunque al final eso nunca me importó. Los días de colegio se
mantuvieron un buen tiempo dentro de mi mente, hasta que al final las guardé en
mis memorias, en aquel rincón donde dejo todo lo que alguna vez valió la pena.
No tengo ninguna carta tuya, nunca escribiste para mí, mucho menos fotografías,
la única que tuvimos se perdió en un festival del día de la independencia. Con
el pasar del tiempo, pese a no tener respuesta, seguí enviando felicitaciones... ¿Acaso es el momento de dejarte ir?.
Te encontraba en algunos de mis viajes a casa, me mirabas con cautela y en silencio, cinco segundos después tu mirada cambiaba de dirección, ya no reconocías a tu vieja amiga, tu antigua confidente. Te volviste más distante y el tiempo nos hizo cortar comunicación. ¿Alguna vez me extrañaste?.
Los años volvieron a pasar y se volvieron cuatro… Nos encontramos en un centro comercial, nuestras miradas se cruzaron y nos logramos identificar, parece que tomaste el valor de darme unas palabras, pues fue la conversación más larga de todos estos años, treinta y cuatro minutos exactos y relatamos nuestra vida completa. No cambiaste nada, seguías siendo el joven colegial que conocí a mis catorce años, el mismo corte y forma de vestir. Tus grandes ojos negros aún tenían esa energía, y aunque dijiste estar agotado, te vi con la misma aura de aquellos años. Nuestras vidas cambiaron como era de esperarse. Sentaste cabeza y eres un padre de familia, tienes al hijo que siempre quisiste, recuerdo que anhelabas ser un padre, de esos que nunca abandonarían a un hijo como lo hizo el tuyo. Volvimos a cambiar números, y nuevamente no he vuelto a saber nada de ti… la costumbre del destino de perder a dos viejos desconocidos en la rueda de la fortuna llamada vida.
Cada siete de junio busco la forma de felicitarte, apareces y desapareces, vas y vienes en mi vida. A veces creo que es inútil tratar de mantenerte vivo en mis recuerdos, y en otras ocasiones lo creo necesario. Los años van pasando y ya no soy la misma chica de 14 años que estaba embobada de ti, pero sigo siendo la misma que cada que pudiera te escucharía por horas hablar de la vida. No tengo resentimientos, no tendría porqué tenerlos, sin embargo, me hubiese gustado escuchar si alguna vez me quisiste, si no hubiese sido tan introvertida en esos días ¿me habrías correspondido?... Supongo que no tiene sentido seguir con esto, es momento de dejarte, de olvidarte... de quererte."
-Cartas de una doncella.-
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