Cada mañana tenía un monólogo diferente, eso me ayuda a ordenar mis ideas poco a poco, y recordé el principio de mi entrada al mundo de la adultez...
Inicié mi vida laboral como pasante en una institución pública, francamente tenía miedo a no poder desempeñar de buena manera, miedo a tener un jefe grotesco, miedo a que mi ambiente laboral fuera el más hostil. Sin embargo, estaba preparada para ello, nunca un trabajo será perfecto, y siempre habrán detalles que serán poco satisfactorios para uno. Me tuve fe.
Para mí sorpresa mi primer Jefe fue una belleza, se convirtió en un gran amigo. Como es de costumbre soy una persona puntual, si mi jornada comenzaba a las 7 de la mañana, a las 6:30 me encontraba en el lugar. Mi jefe, Don Walter siempre me acompañaba con una taza de café en mi escritorio, mientras tanto yo bebía un jugo rojo que se me tenía prohibido por los químicos que tenía, pero no podía dejar de disfrutarlo. Entre charlas sin sentido, me comentó toda su vida, desde cómo conoció a su esposa, cuando tuve su primer hijo, hasta darle bienvenida al cuarto retoño, tres profesionales y uno a empezar la vida universitaria. Estaba orgulloso de sus hijos, triste a la vez porque ninguno quería hacerle abuelo, su inicio en el trabajo, y cuentos de sus primeros jefes. Entre risas y malos chistes sobre los pasantes de años anteriores, me contaba anécdotas de contribuyentes que se declaraban en amores a primera vista por la buena atención de las becarias, los romances entre empleados y pasantes, y sobre las grandes oportunidades de optar a una plaza, e ir creciendo dentro de la institución. Este hombre de buen corazón, supo leer mis expresiones, mi mirada y hasta distinguir mis sonrisas, le conté la mayor parte de mi vida. Como buen consejero me decía lo que tenía que escuchar y muchas veces me hizo llorar, me decía que me faltaba valor y carácter, que era normal que las cosas afectaran pero que no podía volver a permitir que me afectaran en todo el entorno que había trabajado para que estuviera bien, los errores se dan constantemente, pero siempre se puede comenzar de nuevo, me dijo que a veces uno sabe las consecuencias pero cuando se siente acorralado por todo los problemas grandes y pequeños, hay descontrol y no tomamos en cuenta esas consecuencias, y es ahí cuando aprendemos de los errores, que se debe manejar con calma y comentarlo sin importar lo pequeño que sea... Palabras que tendré bastante presentes. Me molestaba por mi corte de cabello que combinaba con mi carisma y mi lunar de la mejía izquierda, pues habían contribuyentes ya edad muy avanzada que se detenían a dejar un presente o lanzar piropos en mi ventanilla.
Éramos cinco señoritas y un muchacho de los que Don Walter estaba a cargo, y fue conmigo con quien tuvo más empatía. Siempre me cuidaba cuando un joven se trataba de sobrepasar, créanme hay ciudadanos muy audaces a la hora de conquistar, pero bastaba con que levantara la mano para que mi supervisor se apersonase a mi ayuda. Hubo en una ocasión que a una compañera un contribuyente le pidió matrimonio, había llegado tres veces a hacer la modificatoria de la declaración, no le importaba hacer grandes filas por tan de que Melina mi compañera de al lado le atendiera. Fue muy gracioso porque ella estaba sorprendida de la intensidad de ese hombre. No se comprometieron si es lo que piensan, ella amablemente agradeció rechazando la oferta.
A medida que me iba acoplando a esta nueva etapa de mi vida, las nuevas responsabilidades y la administración de dinero no me fueron muy difíciles de soportar, había aprendido gracias a mi antigua pareja a desmembrar el dinero, saber en qué se gastaba o invertía, conocer los gastos básicos y estirar el dinero hasta el último día de pago, dejando un dólar de emergencia en mi cartera. Justo a quien llevaba un buen tiempo sin verle, hasta que durante una jornada, como era de costumbre a la hora del almuerzo siempre me correspondía cubrir a las empleadas fijas, "las madres" se les puso de sobrenombre, pues su exactitud con la hora de consumir sus alimentos sagrados era demasiado precisa, ni un minuto menos, ni un minuto más y esa edad de jubiladas que se manejaban daban honor a sus apodos. Estando en una de las ventanas principales, imaginé por un momento que la presencia de aquel ser que extrañaba tanto entraría a hacer su declaración, por un momento dejé esa idea en el aire. Rodeada de mis compañeros de trabajo, los chistes nunca faltaban, al girar a mi puesto noté su silueta en un abrir y cerrar de ojos. Se cortó mi respiración.
Camisa negra, pantalones azul negro y su mochila Negra, distraído para hacer fila, estaba desolado el lugar, la mayoría de las ventanillas disponibles, y mi supervisor guiando, todo giraba a que me correspondería atenderlo... sin embargo no fue así. Una señora apareció frente a mi, y otra compañera le atendió. No pude hacer mi trabajo, nerviosa y temblando, estaba entrando en una burbuja de ansiedad, una voz me dijo que tuviera calma. Terminé de atender, Don Walter me hizo señal de almuerzo, me levanté y él seguía sentado. Mis nervios se notaban cada vez más, intenté disimular... Mi jefe notó mi cambio, extrañado de mi actuar comenzó a sacarme platica para calmar la tensión.
Me dirigí a la salida, y por un momento me cruce con él... Creo que no me vió, no subió la mirada, directo a la salida y con mochila abierta, salió con prisa. Mi corazón quedó congelado, palpitando aceleradamente... No podía respirar, con el solo hecho de verle me tenía a su merced... Fue la última vez que le vi, que le contemplé... Ese día me cuestioné muchas cosas.
Don Walter me interceptó y comenzó el sermón de la tarde. Me dijo con palabras claras que se me notaba que aún le amaba, claro que no estaba equivocado, pero la culpa era más grande.
Pasé toda la noche viendo fotografías de cuando estábamos juntos... Dejé pasar los días.
Mis pesadilla siguieron aumentando y otra voz aparecía por las noches, contando viejas historias que no podía liberar... Marzo y Abril marcaron mis agonías. No dije nada, hasta que llegó mayo...
Mi jefe, mi buen amigo, en muchas ocasiones me sacaban tantas risas, y las bromas se volvieron mutuas, parecía estar jugando con mi papá en aquellas épocas de gloria. Sabía que le extrañaría muchísimo, pues al cabo del ejercicio fiscal, fui removida a otra dependencia. La despedida fue emotiva, pues en dos meses había hecho a un amigo muy importante para mí. Tenía muy buenos consejos, puedo decir que me alistó para lo que venía sobre mi, siempre me recordó que las palabras que no construyen entran por un oído y salen por el otro. Tuve suerte de que mi primer supervisor fuera excelente persona conmigo. Le estaré agradecida siempre. Quisiera tanto contarle como va mi vida desde mayo hasta la fecha, pero su vida es más ocupada que la mía.
Conforme los días pasaron la rutina se cambió, 5:30 de la mañana estaba en la universidad, 6:30 directo al trabajo. Caminando por el parque infantil, mirando a cada vendedor ordenar su mercadería para estar lista a disposición de las personas que caminaban agitadas a las paradas de autobuses, bajaba por la Corte hacia una dependencia no muy grata para mi pues mi trabajo pasó de oficina a ser trabajo de campo, en otras palabras, notificar es mi labor. He aprendido el nombre de calles, avenidas, pasajes y colonias gracias a ello, poco a poco descubriendo los lugares más sanos y los más peligrosos, tachados como zonas de alto riesgo, cuestión que mi "adorada" jefa no entiende y envía sin duda alguna a todos los que están bajo su mando, incluyéndome claro. Mis primeras notificaciones fueron cerca del trabajo de pareja anterior, parecía ex novia psicópata observando el edificio donde sabia que se encontraba laborando. En muchas ocasiones quise sentarme a esperar su salida, pero sabia que no era lo correcto, lo anhelaba tanto pero tenía que resolver otras cosas antes de llegar a ese punto,
Por lo general luego del trabajo, mis tardes en la universidad no pueden faltar, siempre llegando a las cuatro de la tarde, a veces a seguir con mi tesis y otras veces solo a ver el cielo recostada en el césped. Ya tenía mi itinerario marcado.
Cada semana es más pesada que la otra, y aún así el cansancio no es tan grande para hacerme caer en coma, sin cenar por las noches pues me repugna el ambiente de mi dulce hogar, un desayuno poco saludable y el almuerzo pues me cuelgan si no compro comida, he creado buenos lazos con mis compañeras de trabajo, en poco tiempo se volvieron muy cercanas. Mi alimentación no ha sido la más sana, pero trato de no verme demacrada... Al llegar a casa en la noche solo me digno a dar las buenas noches y acostarme hasta que la consciencia me dice que debo dormir... Y así volver a la monotonía del siguiente día.
- Hablando sola.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario